Su talla resultaba airosa, aunque inferior a la media, y su rico traje andaluz le dejaba ver en toda su elegancia. Se desató el pañuelo rojo que rodeaba su cabeza, escapándose un bosque de cabellos que casi cubrieron su cara; sus grandes ojos brillaban con un dulce brillo.
—Vamos, maestro—dijo a Flores, al mismo tiempo que se pasaba el índice extendido por el mentón, imitando el movimiento de la navaja—; y por mis pecados—añadió—, no me trate usted como al amigo de los botones de áncora. Sobre todo, nada de evacuación sanguínea.
El amigo de los botones de áncora iba a responder, cuando un rumor, al principio lejano y en seguida más próximo, lo impidió; se distinguía una voz de hombre tímida y suplicante, y una voz de mujer agria y regañona.
—¡Grandísimo embustero, te voy a confundir!—dijo ella al entrar, con las ropas en desorden y arrastrando a un jovencito de unos quince años.
—¡Mi tía Isabel!—dijo Flores con la navaja levantada.
—¡Y el pescador Pablo!—exclamaron los otros.
—Señora—decía el niño—, le juro por el alma de mi padre que yo he visto hace dos horas la tartana de las velas rojas fondeada cerca de Conil.
La señora Isabel hizo un gesto que hubiera tenido toda su significación y toda su eficacia, sin el marino que se interpuso prudentemente entre los dos campeones.
—¡Aun ese maldito gitano!—dijo el joven del traje andaluz—. Señores, he aquí una buena ocasión de probar lo que os decía hace un momento, es decir, que ese condenado es Satanás en persona.
Y se levantó gravemente.