—Vamos, señora, estoy dispuesto a aclarar la cuestión, porque yo he visto el buque de las velas rojas aun no hace dos horas.
—Lo mismo que yo—respondieron a la vez Isabel y Pablo.
—Un momento—dijo el desconocido—, ¿jura usted por el santo nombre de Dios y por el mártir de la cruz decir la verdad?
—Lo juramos.
—Hable usted, pues, señora.
—Pues bien, tan verdad como Santa Isabel, mi patrona, tiene su trono en Córdoba (aquí se persignó), es que yo he visto, aun no hace dos horas, el buque, y que Dios me quite la vida si yo miento.
—Habla tú—dijo al pescador.
—Que San Pablo me haga perecer la primera vez que salga al mar, si no es verdad que hace dos horas he visto la tartana del condenado fondeada a un tiro de fusil de Conil; y es tan verdad, señores, que he encontrado cerca de Vejer un destacamento de aduaneros que se dirigían apresuradamente a la costa, guiados por Blasillo, el hijo de Blas, que había ido a prevenirle; yo no quiero contradecir a la señora Isabel, ¡pero que Dios me aplaste si miento!
Había en las dos versiones tan diferentes[7] un tal acento de verdad y de convicción, que los espectadores se miraban con extrañeza. El mismo forastero sonreía con un aire de incredulidad. En cuanto a Flores, no se daba cuenta de que, desde que el nuevo cliente se hallaba sentado en el sillón, no había cesado de pasar el dorso de la navaja por el mentón de aquel improvisado Salomón.
—¡Hola! maestro—dijo el joven—, si continúa usted de ese modo, no tengo que temer, ciertamente, ninguna evacuación sanguínea; y además, es preciso que esté usted furiosamente preocupado para no haber visto en seguida que no se trataba de afeitarme sino de arreglarme el pelo.