Y luego venían unas maldiciones capaces de hacer estremecer a nuestro santo padre.

En vano el alcalde y el gobernador que habían escapado al desastre, trataban de restablecer el orden: ni siquiera podían conseguir hacerse oír, ya que eran algunos millares de seres magullados o aplastados los que aullaban a la vez. Las autoridades estaban ya invocando a los últimos santos del calendario, cuando aquel inmenso montón de hombres se disipó como por encanto. De pronto todos se encontraron de pie, pero en muchos, los acentos de un verdadero dolor habían reemplazado a los gritos de temor o de sorpresa.

He aquí por qué:

El desgraciado barbero Flores, situado en la parte más baja del circo, se encontró entre el número de los que soportaban todo el peso de la multitud. Después de haber hecho con sus compañeros de infortunio increíbles esfuerzos para escapar a la presión, y viendo que las sanas y buenas razones no podían nada sobre la indolencia de los compadres de las capas superiores, sin pensar que con ello aumentaban el malestar de los de abajo, el barbero Flores magullado, aplastado, articuló con pena a algunos desgraciados que gemían como él.

—Compadres, estoy convencido de que jugando el cuchillo por encima de nosotros, a derecha e izquierda, conseguiremos despertar la sensibilidad y la piedad de nuestros opresores, gracias a algunos rasguños que yo después me encargaré de curar, sea con diaquilón, el ungüento, o la...

Aquí se detuvo para tomar aliento, porque su desgraciado destino le había hecho caer inmediatamente bajo el cuerpo de dos frailes y de un carnicero.

—O la balsamina—continuó respirando apenas—. Así, pues, padres míos, absolvedme por anticipado, porque es por la salvación de todos, sobre todo por los de abajo; y van ustedes a ver, mis reverendos, cómo la punta de un cuchillo persuade mejor que las más elocuentes palabras.

Ave María, que Dios nos guarde—respondieron los dos frailes que oprimían al barbero con toda su rotundidad monacal y que comprendieron, por sus movimientos bruscos y agitados que aquél buscaba su cuchillo—. En nombre del Cielo, ¡no haga usted eso, hijo mío! ¿No comprende que sería un homicidio?

—Pero, padres míos, los homicidas son ustedes... ¿no comprenden que me están ahogando?

—¡Por Cristo! A nosotros también nos ahogan.