—Es por ustedes, pues, por quien voy a trabajar. Pónganse de lado, padres míos, las heridas son así menos peligrosas, porque no se encuentran más que las falsas costillas. En fin, yo la tengo—dijo abriendo con dificultad su navaja.
—¿Están dispuestos, compadre?
—¡Jesús! no lo estamos.
—¡Es igual, que Dios nos ayude!
Y se puso a herir de la manera que pudo por encima de su cabeza. Los que recibieron esta caritativa advertencia no encontraron nada más eficaz para hacerla cesar que imitarla, y este medio incisivo, propagándose de abajo arriba, con rapidez, tuvo bien pronto el resultado más satisfactorio, salvo los rasguños que Flores se encargó de cicatrizar y cicatrizó probablemente con su habilidad acostumbrada.
Rehechos todos de esta violenta emoción, el primer grito fue el de preguntar dónde estaba el maldito, y correr a la orilla. Una tartana, con las velas rojas, empavesada como en un día de fiesta, se balanceaba a lo lejos... Era él, no podía dudarse—. ¡Al puerto! ¡al puerto!—y se precipitaron hacia el embarcadero para volar en su persecución.
¡Pero allá, gran Dios, qué espectáculo! El pueblo español es talmente ávido de corridas de toros, que ni un hombre, ni una mujer, ni un niño habían quedado en la población; todos estaban en la plaza, los marinos mismos habían abandonado sus embarcaciones, y cuando llegaron apresuradamente, se encontraron todas las amarras cortadas y vieron a lo lejos faluchos y balandros que el mar se había llevado al retirarse.
Entonces cayó un nuevo aluvión de maldiciones sobre el gitano, y todo el pueblo, en un movimiento espontáneo, se dejó caer de rodillas para pedir a Dios que hiciera hundir aquella tartana, que parecía burlarse de la llorosa multitud desplegando sus brillantes paveses de mil colores.
De pronto, el cielo pareció escuchar aquella demanda, ciertamente justa, porque dos velas aparecieron a lo lejos; las dos cortaban el viento corriendo la una cerca de la otra, de modo que la embarcación del gitano debía encontrarse encerrada entre las dos o bien arrojarse a la costa; ¡y cuál no fue la alegría pública cuando reconocieron a dos escampavías del Gobierno que izaron el pabellón español, asegurándole con un cañonazo!
Entonces la tartana cambió rápidamente sus amuras, viró en redondo con una preteza prodigiosa, pasó por entre las dos escampavías y fue a parar fuera del alcance de sus perseguidores. Aunque la maniobra sabia y prestigiosa de la tartana hubiera derrotado los planes de campaña y la táctica de los espectadores de Santa María, ellos contaban siempre con la velocidad y el número de sus atacantes para ver a su enemigo aprehendido y arrastrado a remolque. Pero la tartana, teniendo sobre las dos escampavías una ventaja de marcha positiva, desapareció bien pronto detrás de la punta de la torre que avanzaba mucho sobre el mar; y no fue hasta después de un cuarto de hora de navegación que los guardacostas que navegaban en las mismas aguas, desaparecieron también a los ojos de la multitud, ocultos por el promontorio.