HIPÓLITO
Decretado está, según parece. ¡Cuánta es mi desventura! Aunque sé lo que ha sucedido, no acierto, sin embargo, a declararlo. ¡Oh, hija de Leto, diosa la más amada, tú que vives conmigo en las selvas y eres mi compañera de caza! ¡Huiremos de la ínclita Atenas! Adiós, pues, ciudad y tierra de Erecteo; adiós, suelo de la Trecenia, que tantos solaces ofreces a la juventud; yo te saludo por última vez. Venid, ¡oh jóvenes amigos!, despedidme y llevadme de aquí; jamás veréis otro hombro más casto, aunque no lo crea mi padre. (Retírase con su séquito. Teseo entra en su palacio).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Sin duda mi piedad para con los dioses me libra de los dolores que pueden aquejar mi ánimo; pero cuando más confío en la divina Providencia, desmayo contemplando la varia suerte y las acciones de los mortales. Todo cambia en este mundo, e inconstante es la vida humana, y sujeta a muchos errores.
Antístrofa 1.ª — Que el cielo oiga mis súplicas y me dé fortuna próspera; que viva feliz, libre de penas; no sea mi fama insigne ni de mala ley, suaves mis costumbres, variables según la necesidad de cada día, y que ninguna duda turbe mi dicha.
Estrofa 2.ª — Perdí la tranquilidad de mi alma; engañome mi esperanza desde que vi a la estrella más brillante de la Grecia lanzada a otras regiones por la ira paternal. ¡Oh arena de las riberas de mi país natal! ¡Oh selvas de los montes, en donde con tus ágiles perros matabas a las fieras, acompañado de la casta Dictina!
Antístrofa 2.ª — No subirás más al carro[138] tirado de yeguas vénetas, refrenando en Limne con tu diestro pie a los dóciles caballos, y tu no interrumpido canto, que acompañado de la lira se oía antes, no resonará en el palacio paterno, y escasearán las guirnaldas en los santuarios en que habita la hija de Leto en la profunda selva, y con tu destierro se acabará la lucha que por obtener tu mano han entablado las doncellas.
Epodo. — Yo lloraré tu triste destino, y recordaré tu desdicha. ¡Oh mísera madre, en vano lo diste a luz! ¡Ay! Me indigno contra los dioses. ¿Cómo vosotras, Gracias fraternales, lanzáis de su palacio a tierra extraña a este infortunado, inocente de toda culpa? Pero veo al servidor de Hipólito, que triste y con paso rápido se dirige hacia aquí.
EL MENSAJERO
¿En dónde, ¡oh mujeres!, encontraré a Teseo, rey de este país? Si lo sabéis, decídmelo. ¿Está acaso en el palacio?