HIPÓLITO

Adiós, tú también, virgen bienaventurada; olvida sin pena mi trato cotidiano. Perdono a mi padre, accediendo a tus ruegos, como antes te obedecí siempre en todo. (Retírase Artemisa). ¡Ay, ay de mí! ¡Que las tinieblas envuelven ya mis ojos! Abrázame, padre, y levanta mi cuerpo.

TESEO

¡Ay de mí, hijo mío! ¿Cómo me abandonas así, sumido en la mayor desventura?

HIPÓLITO

Yo muero; ya veo las puertas de los infiernos.

TESEO

¿Y me dejas el alma mancillada?

HIPÓLITO

De ningún modo, puesto que no te imputo este desastre.