¡Oh tú!, de la misma sangre que los hijos de Agénor, mis señores, que me han traído aquí. De rodillas te adoro, ¡oh rey!, según se acostumbra en mi patria. Largo tiempo has tardado en venir al lugar de tu nacimiento. Dueña veneranda, ven corriendo, abre las puertas. ¿Me oyes, madre que diste a luz a este? ¿Por qué tardas en salir de los altos atrios y abrazar a tu hijo?
YOCASTA
Al oír, ¡oh vírgenes!, estas voces fenicias[187] dentro del palacio, vengo arrastrando mis trémulos pasos. ¡Oh hijo!, al fin veo tu rostro después de largo tiempo, después de muchos días; que mis brazos maternales opriman tu pecho; déjame besar tus mejillas, y que tus rubios y rizados cabellos den sombra a mi cuello. Bendigamos, bendigamos a los dioses, que te traen a mis brazos contra toda esperanza. ¿Qué te diré? ¿Cómo, palpándote todo con mis manos y hablándote al mismo tiempo, podré en múltiple deleite recordar mis antiguas alegrías? ¡Oh hijo, hijo mío, que dejaste desierto el hogar paterno, y sin razón fuiste desterrado por tu hermano! ¡Cuánto te echan de menos tus amigos! ¡Cuánto la ciudad de Tebas! Desde entonces corto sollozando mis blancos cabellos en señal de duelo, y no me he puesto blancos vestidos, ¡oh hijo!, sino estos negros y tenebrosos paños. Pero el anciano ciego, víctima de su profunda pena, no viendo unidos a sus dos hijos como a dos novillos de una misma yunta, hoy separados, se precipita sobre su espada para darse la muerte, y prepara lazos en el techo, arrepentido de las maldiciones que ha fulminado contra vosotros, y siempre se oculta en las tinieblas dando gritos y sollozos. Ya sé, ¡oh hijo!, que te has casado y disfrutas de los placeres conyugales, teniendo en palacio extranjero parientes también extranjeros, motivo de tristeza y de disgusto para mí y para el linaje del viejo Layo. Ni yo encendí en tus bodas las nupciales antorchas, con arreglo a nuestras leyes, y como lo hubiese hecho una madre más afortunada, ni te lavaron las ondas del Ismeno, ni se celebró en Tebas con cantos la entrada de tu esposa. ¡Oh! Que todo esto se acabe, o por el hierro, o por la discordia, o por tu padre, también interesado en ello, o por el destino, que fijó su eterno asiento en el palacio de Edipo, que yo soy víctima de los tormentos que estos males producen.[188]
EL CORO
Doloroso es el parto de las mujeres, y sin embargo, todas aman a sus hijos.
POLINICES
Prudente he sido, e imprudente, ¡oh madre!, en venir adonde estaban mis enemigos; pero una fuerza irresistible nos obliga a todos a amar a nuestra patria; quien otra cosa dice habla por hablar, pero no lo siente. Miedo y temor tengo a un tiempo de que mi hermano me mate a traición, y por esto he atravesado la ciudad mirando a todas partes, y llevando en mi diestra la espada. Tranquilízanme, sin embargo, la tregua y tu palabra, que me facilitaron la entrada en las murallas paternas. Mucho he llorado al venir, viendo al cabo de tanto tiempo los templos y las aras de los dioses, y los gimnasios en que me eduqué, y la fuente Dircea, de todo lo cual fui despojado sin derecho, habitando desde entonces en una ciudad extranjera, convertidos mis ojos en fuentes de lágrimas. Ya te contemplo, ¡oh madre!, víctima de incesantes dolores, con la cabeza rapada y llevando negros vestidos. ¡Ay de mí y de mis males! ¿Qué desgracia es comparable al odio entre los que habitan bajo un mismo techo? Y ¿qué más difícil que su reconciliación, cuando llegan a aborrecerse? Y mi viejo padre, ¿qué hace en el palacio solo en las tinieblas? ¿Y mis dos hermanas? ¿Lloran mi mísero destierro?
YOCASTA
Algún numen maléfico se ensaña en el linaje de Edipo desde que yo tuve hijos contra la voluntad divina, y tu padre se casó, y tú naciste. Pero ¿de qué sirven estos recuerdos? Suframos nuestro destino. Temo y deseo a un tiempo preguntarte por no afligir tu ánimo.
POLINICES