Epodo. — ¡Oh peñasco brillante!, que despides dos llamas en las báquicas cumbres consagradas a Dioniso, y tú, vid, que cada día haces germinar pesados racimos de lozanas uvas; gruta divina del dragón, rústicas cavernas de los dioses y sagrado monte, cubierto de nieve.[185] ¡Ojalá que danzando en los coros de los dioses inmortales pierda el miedo en los valles de Febo, en donde está el centro de la tierra, lejos de la fuente Dircea!

Estrofa 2.ª — El fiero Ares me sale al encuentro delante de estas murallas, y promueve contra esta ciudad (ojalá que no sucedan) bélicas matanzas. Comunes son los dolores de los amigos, y si algo padece este país, fortificado con siete torres, también sufrirá la región fenicia. ¡Ay, ay! La sangre es la misma, hijos son también de la cornígera Ío,[186] y yo compartiré sus trabajos.

Antístrofa 2.ª — Densa nube de escudos fulgura en torno de la ciudad, anunciando la sangrienta batalla que Ares dará a los hijos de Edipo, y la destrucción con que amenazan las Furias. ¡Oh pelásgico Argos! Tengo miedo al poder y a la venganza divina: el que armado pide su palacio, no ataca sin justicia.

POLINICES (con la espada desenvainada,
y mirando receloso a todas partes
).

Con facilidad me abrieron paso los guardas de las puertas y me dejaron entrar en la ciudad, y por lo mismo temo algún lazo, y que no pueda escaparme sin derramar mi sangre. Miraré, pues, a todas partes, no sea que me armen asechanzas. En la diestra traigo mi espada, y mi osadía me salvará. ¡Hola! ¿Quién es aquel? ¿Me asusta acaso el ruido? Todos son peligros para los que se atreven a pisar tierra enemiga. Confío ciertamente en mi madre, y desconfío de ella al mismo tiempo, por haberme persuadido que viniese aquí, fiado en su palabra. A mano está el socorro, que hay cerca altares, y un palacio no abandonado. Vamos, guardaré mi espada en la oscura vaina, y preguntaré a las que veo junto a la regia morada. Mujeres extranjeras, decidme: ¿de dónde habéis venido a este país griego?

EL CORO

La Fenicia es la patria que me crió. Los nietos de Agénor, como presente escogido del botín de su victoria, me enviaron al servicio de Febo, y cuando el ínclito hijo de Edipo deseaba que fuese a venerar el oráculo y a las aras de Apolo, atacaron a la ciudad los argivos. Dime tú ahora quién eres, y a qué vienes a las torres de las siete puertas de Tebas.

POLINICES

Mi padre es Edipo, el hijo de Layo; mi madre Yocasta, hija de Meneceo, y el pueblo tebano me llama Polinices.

EL CORO