¡Oh luna!, hija del sol, que ciñes cinturón espléndido, bella luz en cerco de oro; ¡con cuánta modestia y serenidad aguija a los caballos de su carro! ¿En dónde está el que ha proferido contra esta ciudad tan atroces amenazas?

EL PEDAGOGO

Capaneo[180] examina ahora la entrada de las torres, y mide escrupulosamente los muros.

ANTÍGONA

¡Oh Némesis,[181] y tú, Zeus, de horrísonos truenos, y de rayos que disipan las tinieblas! Refrena su soberbia y castiga sus insolentes palabras. ¿Entregará las cautivas tebanas a los guerreros de Micenas y al tridente lerneo,[182] e impondrá el yugo de la esclavitud en las aguas de Amimone, consagradas a Poseidón? Nunca, nunca, ¡oh Artemisa veneranda!, hija de Zeus, de cabellos de oro, sufriré yo tal servidumbre.

EL PEDAGOGO

Entra en el palacio, ¡oh hija!, y no salgas de tu gineceo, ya que has tenido el gusto de ver lo que tanto deseabas. Una turba de mujeres se encamina al palacio de los reyes, alborotada la ciudad. Maligno es por naturaleza el sexo femenino, y por el más leve pretexto habla hasta la saciedad; cierto placer sienten las mujeres en murmurar unas de otras.

EL CORO (que llega de la ciudad).[183]

Estrofa 1.ª — He venido desde la isla Fenicia, dejando el mar Tirio, ofrenda escogida de Febo, para servir en su templo en las gargantas del Parnaso, cubierto de nieves, atravesando en las naves el mar Jónico, mientras el céfiro agitaba el aire en los estériles campos que rodean a Sicilia, y resonaba armoniosamente.

Antístrofa 1.ª — Don grato a Apolo, he venido desde mi ciudad predilecta a la tierra cadmea de los ínclitos Agenóridas,[184] y he llegado a las murallas de Layo, fundadas por mis ascendientes. Como a estatua dorada me han hecho sierva de Febo. Pero también es verdad que me esperan las aguas de la fuente Castalia para lavar en ellas mi cabellera, y gozar de estos virginales deleites al servicio de Apolo.