Adrasto juró a sus dos yernos que volverían a su patria, y yo el primero. Auxílianme muchos príncipes dánaos y de Micenas; por mí cumplen este triste, pero necesario deber, y traigo ese ejército contra mi patria. A los dioses pongo por testigos de que contra mi voluntad hago la guerra a mis parientes muy amados; pero tú puedes disipar estos males que nos amenazan, ¡oh madre!, y hacer que se reconcilien dos hermanos, y librarme de esos trabajos, y a ti misma y a la ciudad. Muy celebrado es este antiguo proverbio, pero lo diré, sin embargo: mucho valen entre los hombres las riquezas, y su poder es sin igual en las cosas humanas. Por ellas vengo aquí seguido de innumerables lanzas, porque el noble que es pobre, nada vale.

EL CORO

He aquí a Eteocles, que acude a reconciliarse con su hermano. Deber tuyo es, ¡oh Yocasta su madre!, hablarle de manera que se acabe la enemistad de tus hijos.

ETEOCLES

A tu lado me ves, ¡oh madre!, que he venido por complacerte. ¿Qué he de hacer ahora? Que alguno empiece a hablar, porque he abandonado las centurias,[191] que en doble fila defienden las murallas, para oír otra vez tu fallo, relativo a nuestra contienda, y por cuya causa ha venido este sin peligro. Solo por tus ruegos he consentido en recibirlo dentro de los muros.

YOCASTA

Poco a poco; nunca la precipitación es compañera de la justicia; al contrario, pláticas pacíficas dan mejor resultado. Déjate de lanzar miradas sombrías, y despójate del orgullo que te domina, que no estás mirando la cabeza de la Gorgona separada de las fauces, sino a tu hermano. Tú también, Polinices, vuelve el rostro hacia Eteocles, porque así hablarás mejor y lo oirás mejor también. Quiero amonestaros y haceros una advertencia prudente: cuando un amigo se ha enemistado con otro y se junta con él, y sus ojos se encuentran, debe atender solo al objeto de su entrevista, sin acordarse de sus anteriores agravios. Así tú hablarás primero, ¡oh Polinices!, que vienes con ese ejército de argivos, por habérsete hecho injusticia, según dices; ¡que algún dios sea juez y reparador de estos males!

POLINICES

Sencillos son los discursos verdaderos, y las palabras justas no necesitan de intérpretes,[192] y pesan por sí mismas: las causas injustas, enfermas de suyo, exigen medicamentos sofísticos. Yo he reflexionado en cuanto puede interesar a mi padre, y a mí y a este; queriendo evitar las maldiciones que Edipo profirió hace algún tiempo contra nosotros, me alejé de aquí voluntariamente, y pacté con este que reinase él en Tebas un año, y yo después otro, a fin de no enemistarme con él, ni venir a las manos y no sufrir ni hacer mal, como sucede de ordinario. Convino en ello y juró observarlo ante los dioses, y no cumplió ninguna de sus promesas, sino que solo empuña el cetro y posee el palacio de mi padre. Y ahora estoy dispuesto, si recupero lo que me pertenece, a alejar el ejército de esta tierra y a gobernar a mi vez a Tebas, permitiéndole que reine igual tiempo cuando le toque, y a no devastar la región tebana, ni arrimar las escalas a los muros para asaltar las torres, todo lo cual intentaré si no me hace justicia. A los dioses pongo por testigos de la sinceridad de mis palabras, y de que en todo he procedido sin falsía, y de que me han despojado de mis derechos inicuamente. Verdades tan sencillas, expresadas sin artificio, componen el fondo de mi discurso, ¡oh madre!, y a mi parecer son de igual fuerza para los sabios que para los ignorantes.

EL CORO