A nosotras, aunque no educadas en Grecia, parécenos también prudente lo que dices.

ETEOCLES

Si las frases elegantes y sensatas valiesen lo mismo para todos, no habría disensiones y dudas entre los hombres; pero nada hay entre ellos igual ni semejante, excepto los nombres, no las cosas.[193] Hablaré sin disfrazar mis sentimientos, ¡oh madre!: yo iría adonde nacen los astros del cielo y debajo de la tierra por conseguir la soberanía, deidad la más poderosa de todas. Quiero reservar para mí este bien tan grande, ¡oh madre!, no concederlo a otro, que es bajeza recibir lo que menos vale por lo que más precio tiene. Además, me avergüenza que Polinices logre lo que pretende viniendo armado a devastar este país, que será desdoro para Tebas entregar por miedo a los de Micenas el cetro que yo empuño. Armado como está, no cabe reconciliación, ¡oh madre!; porque si los discursos todo lo vencen, también vence el hierro enemigo. Si con otras condiciones quiere habitar aquí, puede hacerlo; pero no dejaré voluntariamente el reino; pudiendo mandar, no obedecerlo. Venga, pues, el fuego, venga el acero; uncid vuestros caballos a los carros, llenad con ellos los campos: no te cederé mi imperio. Si alguna vez se puede hollar el derecho, nunca mejor que por reinar: en lo demás, si se quiere, se puede atender a la piedad.[194]

EL CORO

No se debía hablar bien si no es justo lo que se dice, y en verdad que no lo es lo que he oído, sino contrario a la justicia.

YOCASTA

No todos son males en la vejez, ¡oh Eteocles!, que la experiencia nos hace más sabios que a los jóvenes. ¿Por qué tributas a la ambición tan ardiente culto, ¡oh hijo!, cuando es la peor de las divinidades? No lo hagas así, que es diosa injusta y ha perjudicado no poco a muchas familias y ciudades, antes felices, con daño de los mismos ambiciosos, y tú deliras, arrastrado por ella. Es mejor, ¡oh hijo!, adorar a la igualdad, lazo de amigos, vínculo de estados, prenda de unión entre aliados: la ley y el derecho solo son estables entre los hombres, y, lo que es más, sin él es enemigo el que menos vale, y lo obliga a pensar en el día de la venganza. La igualdad entre los mortales es el origen de las medidas y de los pesos, y ha inventado los números, y la oscura noche y la luz del sol dividen el año en iguales partes, y ninguno usurpa lo que al otro corresponde. Así sirven a los nombres uno y otra: ¿y tú no consentirás en partir igualmente este palacio, y dejar la mitad a tu hermano? ¿En dónde está, pues, el derecho? ¿Por qué tributas ese honor inmoderado a la tiranía, espléndida injusticia, y das tanta importancia o que te vean lleno de honores? Solo vanidad es esto. ¿Ambicionas los trabajos, teniendo tantos en tu palacio? ¿Qué es la abundancia, sino un vano nombre, si los modestos se contentan con lo necesario? Los mortales no poseen riquezas propias; solo administran las que los dioses les conceden, y cuando quieren se las quitan. Ea, contesta a estas dos proposiciones que voy a hacerte: ¿quieres más bien reinar, o salvar la ciudad? ¿Dices que quieres reinar? Pero si Polinices te vence, y las lanzas argivas derrotan al ejército de los hijos de Cadmo, verás bajo su dominio esta ciudad de los tebanos, verás muchas vírgenes cautivas, las verás robadas por los enemigos. Amargo para Tebas será el poder que anhelas, y funesto para ti. Y esto también se lo digo a Polinices, y esto te declaro: triste es el favor que te hace Adrasto, e insensato eres tú en venir a atacar tu patria. Si no, dado el caso de que tomes esta ciudad (que no lo permitan los dioses), ¿cómo erigirás los trofeos de la victoria? ¿Te será favorable la inspección de las víctimas, dueño de Tebas, tu patria, por la fuerza de las armas? ¿Cómo escribirás sobre los despojos junto a la corriente del Ínaco: Polinices consagró a los dioses estos escudos suspendidos después de incendiar a Tebas? Que jamás, ¡oh hijo!, alcances esta gloria con daño de los griegos. Si, al contrario, eres vencido y Eteocles queda victorioso, ¿cómo volverás a Argos, dejando aquí innumerables muertos? Alguno dirá entonces con verdad: ¡Desdichadas fueron las nupcias que celebraste, ¡oh Adrasto!, que perecimos por casar una de tus hijas! Dos males te amenazan, ¡oh hijo!: malograrse tu propósito, o sucumbir por conseguirlo. No seáis tan ambiciosos, no seáis ambos insensatos, que cuando estos defectos se reúnen en un hombre, es su muerte la más desventurada.

EL CORO

Alejad, ¡oh dioses!, estos males: que transijan los hijos de Edipo.

ETEOCLES