ODISEO[38]

Escúchame atenta, ¡oh Hécuba!, y que la ira no te ciegue hasta el punto de interpretar mal mis benévolas frases. Pronto estoy a protegerte, porque tú me salvaste, y así lo he dicho siempre, que no negaré lo que todos han oído. Tomada Troya, es preciso que tu hija sea sacrificada al más valeroso de nuestro ejército, que la pide, si es cierto que los males de muchas ciudades provienen de que se recompensa lo mismo a los fuertes y buenos que a los cobardes. Aquiles merece entre nosotros ese honor, ¡oh mujer!, habiendo muerto como un valiente por los griegos. ¿No es vergonzoso que al que en vida tuvimos por amigo no lo sea después de muerto? ¿Qué, pues, se dirá si es preciso juntar otro ejército y venir de nuevo a las manos con el enemigo? ¿Pelearemos, o cuidaremos solo de nuestra vida, viendo que ningún homenaje honroso se tributa a los difuntos? Bástame cualquier cosa mientras yo exista, aunque tenga poco; mi mayor deseo es que sea honrado mi sepulcro, porque esta gracia dura mucho tiempo. Si dices que sufres males dignos de lástima, oye de mí en cambio que hay entre nosotros ancianos y ancianas como tú, y muchas esposas que perdieron esforzadísimos esposos, a quienes hoy cubre la tierra idea.[39] Ten, pues, paciencia; si hicimos mal decretando honrar al fuerte, habremos pecado sin saberlo; vosotros, bárbaros, ni tratáis a los amigos como a amigos, ni honráis a los muertos, y por eso es la Grecia afortunada y vosotros sufrís las consecuencias de vuestro yerro.

EL CORO

¡Ay! ¡Qué dura es la esclavitud, y vivir en ella, y sufrir lo que no debemos, y ser víctimas de la violencia!

HÉCUBA

¡Oh, hija! El aire se ha llevado mis palabras, proferidas en vano para librarte de la muerte; si tú puedes más que tu madre, no pierdas tiempo; habla en diversos tonos, como el ruiseñor, para que no te arranquen la vida. Abraza las rodillas de Odiseo, que acaso excites su compasión y lo persuadas; sobrado justa es tu causa, y acaso lo muevas a lástima, porque tiene también hijos.

POLÍXENA

Te veo, ¡oh Odiseo!, ocultando tu diestra bajo el vestido e inclinándote hacia atrás para que no toque tu barba.[40] Alégrate, que has esquivado mis súplicas, que ensalza Zeus; yo te seguiré, obligada por la necesidad y sin rehuir la muerte, que si otra cosa hiciera parecería mujer cobarde y demasiado amante de la vida. ¿Para qué he de vivir habiendo sido mi padre rey de toda la Frigia?[41] Plácida comenzó mi existencia, haciéndome esperar que después me casaría también con reyes, y que haría envidiable la suerte del que me tomase por esposa y me hiciese compañera de su casa y de su hogar. Yo, ahora infeliz, reina era de las mujeres del Ida, virgen notable e igual a los dioses, y solo me diferenciaba de ellos en que estaba expuesta a la muerte. ¡Y soy esclava! Este solo nombre me hacía desearla en un principio, no pudiendo acostumbrarme a oírlo. Acaso tocaría después a dueños crueles que me comprarían por dinero, siendo hermana de Héctor y de tantos héroes, y me obligarían a amasar el pan, a barrer su casa y a tejer con la lanzadera, pasando triste vida; y mi lecho, antes digno de un rey, sería profanado por cualquier esclavo. No será así; al Orco entregaré mi cuerpo, y mis ojos, siempre libres,[42] no verán ya la luz. Llévame, pues, y mátame de paso, ¡oh Odiseo! No debemos esperar nada ni confiar en nadie, que el destino me fuerza a sufrir esta desventura. No te opongas, ¡oh madre!, a mi propósito ni con palabras ni con obras; déjame morir antes que apelar a ruegos vergonzosos, indignos de mí. Quien no está acostumbrado a los males, los sufre en verdad, pero le duele sujetar a ellos su cerviz; el muerto es, bajo este aspecto, más feliz que el vivo; que una vida sin honra es la mayor de las desdichas.

EL CORO

Favor insigne y señalado entre los hombres es nacer de nobles padres, y más nobles aún son aquellos que a la nobleza de su linaje añaden la de sus acciones.[43]