Ambas prendas, porque la una nada vale sin la otra.

ETEOCLES

Sea, pues; iré a recorrer las murallas de las siete torres, y encargaré a capitanes esforzados la defensa de cada puerta, como tú dices, para que haga frente a su adversario. Prolijo sería citar sus nombres, estando los enemigos cerca de los muros.[204] Pero iré allá para no estar ocioso. Ojalá que sea mi hermano mi adversario, y que, peleando con él, lo venza y mate, porque viene a devastar su patria. Conviene que tú cuides, si la fortuna nos es adversa, de celebrar las bodas de mi hermana Antígona y de tu hijo Hemón; ahora al salir renuevo mi antigua promesa. Eres hermano de mi madre; ¿a que decir más? Que la trates como merece por ti y por mí. Mi padre cometió la necedad de cegarse: no lo alabo mucho, y nos perderá si el destino ensalza sus maldiciones. Solo nos falta saber si Tiresias pronunciará algún oráculo. Que tu hijo Meneceo, ¡oh Creonte!, que lleva el mismo nombre que tu padre, nos traiga aquí a Tiresias; de buen grado hablará contigo; que yo me burlé en sus barbas del arte adivinatoria, y se indigna al verme. A ti, ¡oh Creonte!, y a los ciudadanos encargo especialmente que si mi causa sale victoriosa, jamás se sepulte en territorio de Tebas el cadáver de Polinices, y que muera el que lo haga, aunque sea alguno de mis amigos. Esto es lo que tengo que decirte: que traigan mis servidores las armas y todos los bélicos arreos, para que cuanto antes, y protegidos por la justicia vencedora, vayamos al combate. Y rogaremos a la Precaución, la más útil de las diosas, que salve a esta ciudad.

(Mientras canta el coro, Eteocles se pone la armadura, y marcha al combate. Creonte se queda en el teatro).

EL CORO

Estrofa. — ¡Oh aflictivo Ares! ¿Por qué te deleitan tanto la sangre y la muerte, y tan poco las fiestas de Dioniso? No entre las bellas guirnaldas que ciñe en los coros la juventud florida, ostentando sus rizados cabellos, te place cantar al son de la flauta y en compañía de las Gracias que danzan, sino solo con guerreros, incitando al ejército de los argivos contra los hijos de Tebas, y presidiendo un coro que detesta las flautas; ni saltas con el tirso del dios que inspira el delirio,[205] formando círculos con las pieles de ciervos, sino que haces girar con las riendas al solípedo caballo de las cuadrigas, y llevado por ellas junto a las corrientes del Ismeno, gozas con los ejercicios ecuestres, animando a los argivos contra los hijos de los Espartos,[206] coro armado que lleva escudos para su defensa, enemigos de las murallas de piedra. Atroz es la Discordia, que ha suscitado estos males contra los Labdácidas, hijos de la desdicha, reyes de esta tierra.

Antístrofa. — ¡Oh selva de maravillosas hojas, muy abundante en fieras! ¡Oh Citerón nevado, delicia de Artemisa! Nunca debiste proteger a Edipo, hijo de Yocasta, destinado a la muerte desde que lo expulsaron de su palacio con la señal de los dorados broches, ni tampoco debió venir la Esfinge, virgen alada y salvaje monstruo, azote de esta región, con sus tristísimos versos, que se acercaba a las murallas y se llevaba en sus garras a los senos inaccesibles del Éter a la cadmea prole, enviada contra Tebas por el infernal Hades. Otra funesta querella nació entre los hijos de Edipo en el palacio y en la ciudad. Lo que no es bueno nunca puede serlo, y nunca lo serán los hijos que han de expiar las faltas de su padre, y que dio a la luz su madre contra todo lo lícito, y fueron concebidos por ella en lecho incestuoso.

Epodo. — ¡Oh tierra! que engendraste, que engendraste en cierto tiempo, como dice bárbaro rumor, como oí también en el palacio, al dragón de roja cresta, a los hijos de sus dientes, perla bellísima de Tebas. Los habitantes del Olimpo vinieron aquí también a celebrar las bodas de Harmonía, y al son de la cítara se construyeron las murallas tebanas, y con la lira de Anfión se levantaron sus torres, cerca de las dos corrientes de la fuente Dircea, que, adelantándose al Ismeno, riega el verde campo. Ío, mi cornígera abuela, engendró a los reyes de los cadmeos, y, colmándolos de bienes, logró que esta ciudad fuese digna de adorar a Ares en elevados templos.

TIRESIAS (que aparece guiado por su hija
y en compañía de Meneceo
).

Llévame más allá, ¡oh hija!, porque tú diriges mis ciegos pasos, como la estrella a los marineros; ve delante, y llévame por terreno llano para que no tropecemos, que tu padre es débil. Y guarda en tus manos virginales las tablas adivinatorias que contienen los augurios de las aves, hechos por mí en el santo templo en que profetizo.[207] Dime, ¡oh Meneceo!, hijo de Creonte, si tengo que andar mucho por la ciudad para llegar al palacio de tu padre, porque mis rodillas están fatigadas y sufro cuando acelero el paso.