TIRESIAS

Eteocles me obligaría a cerrar mis labios y a no declarar los oráculos; pero te los descubriré, ya que quieres conocerlos. Este país sufre, ¡oh Creonte!, desde que Layo tuvo hijos contra la voluntad de los dioses y engendró al mísero Edipo, esposo de su madre. La sangrienta mutilación de sus ojos obra es de los dioses y enseñanza para la Grecia. Neciamente erraron los hijos de Edipo queriendo ocultar esta desgracia, como si hubiesen de eludir los decretos divinos: ni honraron a su padre, ni lo dejaron libre, y lo exasperaron en su desdicha, y contra ellos profirió terribles imprecaciones, aquejado de grave dolencia y lleno de ignominia. Y por decir todo esto, a pesar de mis esfuerzos, a pesar de mis ruegos, incurrí en el odio de los hijos de Edipo. Cercana está ya su muerte, ¡oh Creonte!, obra de sus manos fratricidas, y muchos otros caerán exánimes a su lado, y se confundirán los dardos argivos y los tebanos, y habrá en Tebas mucho duelo. Y tú, ciudad sin ventura, tú serás también arruinada si no sigues mis consejos. Porque sería mejor que ninguno de los hijos de Edipo fuese aquí ciudadano ni rey, que las Furias los hacen delirar y han de destruirlo todo,[210] y ya que el mal es más poderoso que el bien, queda solo un medio de salvarla. Mas si lo digo, me expongo a no pocos peligros; y como es fatal la muerte que amenaza a algunos, y el único remedio, me voy; adiós, pues, que yo solo, entre tantos, sufriré lo que haya de sobrevenir; ¿qué he de hacer?

CREONTE

No te vayas, anciano.

TIRESIAS

No me lo impidas.

CREONTE

No te vayas. ¿Por qué huyes de mí?

TIRESIAS

La fortuna es la que huye, no yo.