EL MENSAJERO

Hasta ahora viven tus dos hijos.

YOCASTA

Que seas feliz. ¿Cómo peleando desde las torres rechazasteis de las puertas a las tropas argivas? Dilo para que me regocije y vaya al palacio en busca del anciano ciego, y le diga que Tebas se ha salvado.

EL MENSAJERO

Después que el hijo de Creonte (muerto por la patria) se atravesó el pecho con su reluciente espada en lo alto de las torres y salvó a la ciudad, tu hijo dispuso que siete cohortes y otros tantos capitanes defendiesen a las siete puertas de los ataques del ejército argivo, y distribuyó la caballería que había de hacer frente a la enemiga y los infantes que habían de resistir a los armados de escudo, para que en todos los lugares más peligrosos de las murallas hubiese fuerzas suficientes. Desde lo más elevado del alcázar[217] vimos hacia el Teumeso[218] al ejército argivo, que brillaba con sus fulgurantes escudos, y ya cerca del foso asaltar a la carrera a la ciudad de Cadmo, sonando a un tiempo el Peán[219] y las trompetas mientras nosotros les respondíamos desde las murallas. Partenopeo, el primero, hijo de la cazadora, embistió a la puerta Neista con una cohorte erizada de clípeos, llevando en el centro del suyo a Atalanta, que con su arco de largo alcance mataba al jabalí etolio. El vate Anfiarao se dirigía contra la puerta Prétida, llevando víctimas en su carro, sin soberbios emblemas, con armas modestas. El rey Hipomedonte atacó la puerta Ogigia, y por divisa llevaba en su clípeo a Argos mirando con sus varios ojos: con unos a los astros que nacen, con otros a los que se ocultan, según pudimos ver después de muerto. Tocó a Tideo la puerta Homoloide, y llevaba cubierto su clípeo con una piel de león de hórrida melena; en la diestra, como el gigante Prometeo, agitaba una antorcha para incendiar la ciudad. Tu hijo Polinices acometió a la puerta Crenea; destacábanse de su clípeo las ligeras yeguas Potniades,[220] que saltaban tremebundas, moviéndose sin duda por un resorte interior junto al manubrio, obra de ingenio, y de suerte que parecían estar furiosas. No menos valor que Ares respiraba Capaneo capitaneando su hueste hacia la puerta Electra; un gigante de la Tierra, de férrea forma, aparecía en su clípeo y sostenía en sus hombros una ciudad entera arrancada de raíz, emblema de la suerte que aguardaba a Tebas. En la séptima puerta estaba Adrasto, que ostentaba en su brazo izquierdo un clípeo con una hidra de cien pintadas víboras, alarde de la jactancia argiva, puesto que los dragones arrebataban en sus fauces de las murallas a los hijos de Tebas. Todo esto vi minuciosamente al llevar la seña a los capitanes de las cohortes. Primero peleamos con arcos y dardos, con hondas de largo alcance y con peñascos. Como llevábamos la mejor parte de la batalla, tu hijo y Tideo exclamaron de repente: «¿Vaciláis, hijos de Dánao, antes que nos ofendan las armas arrojadizas en acometer todos a las puertas, así los armados a la ligera como los caballeros y los que rigen los carros?». Todos al oírlo arremetieron con vigor; muchos caían con la cabeza ensangrentada; muchos de los nuestros caían también precipitados desde las murallas, y regaban la seca tierra con ríos de sangre. Aquel arcadio, hijo de Atalanta, no argivo,[221] atacó la puerta como un torbellino, y pidió fuego y hachas como si hubiese de derribar la ciudad; pero lo contuvo en su furia Periclímeno, el hijo del dios marino, lanzando a su cabeza un peñasco capaz de llenar un carro, puesto que era una almena de la muralla; descompuso su rubia cabellera, y rompió la juntura de sus huesos, y llenó sus mejillas de sangre, y su madre la Menalia,[222] ilustre por su arco, no volverá a verlo. Cuando tu hijo, a quien yo seguía, vio segura esta puerta, se encaminó a otra. Entonces vi a Tideo y a sus numerosos satélites lanzando contra las altas torres sus dardos etolios para que huyesen los nuestros y abandonaran las murallas; pero tu hijo los reunió otra vez como un cazador, y los apostó de nuevo en las torres. Así que reparábamos el daño de una puerta, nos encaminábamos a hacer lo mismo en otra. ¿Cómo describiré los furores de Capaneo? En su mano traía una larga escala, y decía con arrogancia que ni el fuego sagrado de Zeus le impediría derribar las altas murallas de la ciudad; y mientras así hablaba y las piedras se estrellaban contra su cuerpo, se resguardaba bajo su escudo y subía sus pulimentados peldaños; mas el rayo de Zeus lo hirió cuando estaba a punto de pasar las almenas; resonó horriblemente la tierra, y todos se estremecieron, y sus miembros, como lanzados por una honda, caían de lo alto de la escala separados unos de otros, y al cielo entregó su alma y a la tierra su cuerpo, y dando vueltas sus pies y sus manos, como en la rueda de Ixión,[223] al fin quedó en el suelo su cadáver calcinado. Cuando observó Adrasto que Zeus se mostraba contrario a sus armas, formó al ejército argivo fuera del foso; pero los nuestros, animados con el signo favorable de Zeus, carros, caballeros e infantes rompen en tropel las huestes argivas. Todos los males se desencadenaron a un tiempo: morían, caían de los carros, saltaban las ruedas, los ejes se amontonaban sobre los ejes, y los cadáveres sobre los cadáveres. Por hoy hemos evitado que las torres vengan a tierra, pero a los dioses toca decidir si en lo sucesivo ha de ser o no afortunada esta ciudad; algún numen benéfico la ha salvado también ahora.[224]

EL CORO

Grata es la victoria; pero si otra cosa hubiesen ordenado los dioses, sería yo feliz.

YOCASTA

Los dioses y la fortuna nos son propicios, y mis hijos viven, y la ciudad se ha salvado. Paréceme que el infeliz Creonte expía mis malhadadas nupcias con Edipo, perdiendo a su hijo en bien de la patria, aunque con dolor suyo. Pero prosigue: después de esto, ¿qué hicieron mis hijos?[225]