YOCASTA
Algo siniestro me ocultas y lo envuelves en tinieblas.
EL MENSAJERO
Después de tan gratas nuevas, no las daré infaustas.
YOCASTA
No será así, a no escaparte por los aires.
EL MENSAJERO
¡Ay, ay! ¿Por qué no me has dejado alejarme, oído este alegre mensaje, y me obligas a participarte su triste conclusión? Tus hijos maquinan una maldad de las más negras, y quieren pelear en singular combate, separados de sus ejércitos. En público, y ante argivos y tebanos, han dicho lo que nunca debieron decir. Eteocles el primero, desde una elevada torre, impuso silencio a los soldados y exclamó: «Oh capitanes griegos y nobles argivos que habéis venido aquí, y vosotros, hijos de Cadmo, no deis vuestras vidas por Polinices ni por mí: yo solo, tomando sobre mí todo riesgo, pelearé en singular certamen con mi hermano, y si lo mato, gobernaré mi palacio; si soy vencido, le entregaré la ciudad. Y vosotros, sin pelear más, volveréis al territorio argivo, y no dejaréis aquí la vida». Al concluir salió de las filas tu hijo Polinices, y alabó su propósito. Todos los argivos y el pueblo de Cadmo lo aprobaron con favorables murmullos, estimándolo justo. Celebrose una tregua bajo estas condiciones, y a igual distancia de ambos ejércitos los capitanes juraron su observancia. Entonces los dos hijos del viejo Edipo se revistieron sus armaduras[226] de bronce, ayudando al rey de esta tierra los príncipes tebanos, y al otro los próceres argivos. Resplandecientes estaban ambos y serenos, y no se alteraron los colores de sus rostros, y ambos furiosos se arrojaron mutuamente sus lanzas. Acercáronse los amigos de uno y otro, y excitábanlos a la pelea con estas palabras: «En tu mano está, ¡oh Polinices!, erigir a Zeus una estatua como trofeo de tu victoria y alcanzar gran fama, que redundará en gloria de Argos». Decían también a Eteocles: «Ahora peleas por tu patria; ahora que la victoria te corona, poseerás solo el cetro». Así los animaban al combate. Los adivinos sacrificaban ovejas y examinaban las entrañas de las víctimas, y los líquidos que de ellas corrían, y la extremidad de las llamas, que contiene dos signos, el de la victoria y el de la derrota. Si conoces algún remedio para sanar estos males, si tu elocuencia es bastante poderosa, o si puedes preparar eficaces encantos, ve e impide la lucha cruel de tus dos hijos, que grande es el peligro.
YOCASTA
Sal, ¡oh hija Antígona!, del palacio; tu adversa fortuna no te deja ya asistir a los coros y vivir con tus vírgenes compañeras; con tu madre debes oponerte a que tus dos hermanos, varones esforzados, caminen a la muerte y sucumban en lucha fratricida.