Tu hermana ha muerto con sus dos hijos.
EL CORO
Llorad, llorad, y con las blancas manos golpead vuestra cabeza.
CREONTE
¡Oh mísera Yocasta! ¡Cuál ha sido el fin de su vida y de sus nupcias, desde que la Esfinge vio adivinados sus enigmas! ¿Cómo se han dado la muerte los dos hijos de Edipo? ¿En qué pararon las maldiciones de este? Cuéntamelo.
EL MENSAJERO
Ya sabes cómo nos favoreció la fortuna en las murallas; no está tan lejos su recinto para que ignores lo sucedido en ellas. Después que los jóvenes hijos del viejo Edipo se vistieron las armaduras de bronce (los dos capitanes, generales los dos),[230] se adelantaron con firmeza en medio de las filas para decidir la suerte de la guerra en singular combate. Mirando hacia Argos, Polinices profirió esta súplica: «Tuyo soy, ¡oh Hera veneranda!,[231] desde que me casé con la hija de Adrasto y habito en su territorio; concédeme que mate a mi hermano y que llene con su sangre mi diestra victoriosa. Pido nefanda corona: matar a mi hermano». Muchos lloraron al pensar en su desdicha, y se miraban unos a otros con tristes miradas. Eteocles, dirigiéndose al templo de Palas, la del escudo de oro, habló así: «Concédeme, ¡oh hija de Zeus!, que mi brazo y mi mano hundan en el pecho de Polinices mi lanza vencedora, y que lo mate por haber venido a destruir su patria». Después que sonó la trompeta tirrénica, clara como la luz de una antorcha,[232] señal del sangriento combate, en veloz carrera se embistieron uno y otro, y como jabalíes que aguzan sus crueles colmillos, despidiendo relámpagos sus ojos y revolviéndolos en todos sentidos, trabaron la pelea, llenos sus labios de espuma. Primero comenzaron el duelo con las lanzas, pero evitaban los golpes bajo sus escudos circulares y no los alcanzaba el hierro. Si el uno veía los ojos del otro por encima de su clípeo, dirigía la lanza contra su rostro, ansioso de herirlo antes; mas siempre se resguardaban con cautela debajo de sus escudos para que no los ofendiese el arma mortífera. Más sudor corría por los cuerpos de los amigos de entrambos, llenos de temor, que por los de los mismos combatientes; pero Eteocles, tropezando en una piedra, ofreció a su adversario un blanco; entonces lo acometió Polinices y le atravesó la pierna con el asta argiva, y todo su ejército lo alentó con un grito unánime. El que primero fue herido, al ver descubierto el hombro de su hermano Polinices, reuniendo sus fuerzas quiso alcanzarlo con la lanza, y reanimó las esperanzas de los descendientes de Cadmo; pero se le rompió al mismo tiempo, y se encontró desarmado. Retrocedió, y tirándole una piedra partió a su vez la de su contrario por el centro; ya era igual la lucha, puesto que los dos carecían de lanzas. Empuñaron entonces las espadas y pelearon de cerca; juntando sus escudos hacían gran ruido, envolviendo el uno al otro. Eteocles se acordó en este instante de un ejercicio tesalio que había aprendido en ese país; cesando en sus ataques cuerpo a cuerpo, echó atrás el pie izquierdo, resguardando sus entrañas, y adelantando el derecho le hundió en el vientre la espada y se la clavó hasta las costillas. El desdichado Polinices, sin fuerzas para sostenerse, cayó en tierra anegado en sangre. Y el vencedor, poniendo a un lado su espada, lo despojaba de sus armas sin acordarse de otra cosa. Esto lo perdió, porque Polinices, que había caído primero, conservando la suya en su deplorable caída, aunque ya con escaso vigor, la introdujo, sin embargo, en el hígado de Eteocles. Los dos mordieron la tierra y juntos cayeron, y quedo indecisa la victoria.
EL CORO
¡Ay, ay, Edipo, cuántos son sus males! ¡Cómo me hacen llorar! Los dioses han realizado tus imprecaciones.
EL MENSAJERO