Oye las desgracias que acaecieron, a más de las dichas. Mientras los hijos exhalaban en tierra el alma, llegó su mísera madre. Viéndolos heridos de muerte, gimió así: «Tarde, ¡oh hijos!, vengo a socorreros». Abrazaba ya al uno, ya al otro, y lloraba, y de sus ojos corrían dos ríos de lágrimas, y acompañábale en sus sollozos Antígona, la hermana de los muertos, y decía: «¡Oh báculos de mi vieja madre! ¡Oh hermanos muy amados, que impedís con vuestra discordia mi himeneo!».[233] El rey Eteocles, revolviendo en su pecho un horrible suspiro, oyó a su madre y la presentó su mano trémula, pero no habló, sino la saludó con lágrimas de sus ojos, significándole su amor. El otro respiraba aún, y mirando a su hermana y a su anciana madre, dijo así: «Morimos, ¡oh madre!; me compadezco de ti y de esta hermana mía, y de mi hermano muerto; nació para amarme, fue mi enemigo y lo amé, sin embargo. Sepultadme, ¡oh madre y hermana!, en mi país natal, y aplacad a la ciudad irritada; que al menos posea ese pedazo de tierra suyo, ya que perdí mi palacio. Con tu mano, ¡oh madre!, cierra mis ojos (y él mismo la llevó a ellos), y sed felices; ya las tinieblas me cercan». Los dos exhalaron el alma a un mismo tiempo. Pero la madre, así que presenció estos horrores, vencida por el dolor, arrancó del cadáver la espada y ejecutó una acción atroz: con el acero se atravesó el cuello, y yace muerta entre sus dos hijos muy amados, abrazada a ambos. Gran alboroto se promovió en los dos ejércitos; nosotros decíamos que había vencido nuestro rey, ellos que Polinices; los capitanes también disputaban, y mientras los argivos sostenían que Polinices había herido el primero con su lanza, los cadmeos afirmaban que, muertos los dos, ninguno había alcanzado la victoria. Corrimos a las armas; nosotros, los cadmeos, por una inspiración providencial, no habíamos abandonado nuestros escudos, y como los argivos no estaban ya defendidos por sus carros, los atacamos de repente, y no resistieron el choque; los fugitivos llenaban los campos, y ríos de sangre corrían de los cadáveres, heridos por las lanzas. Como ganamos la batalla, unos en trofeo ofrecieron a Zeus una estatua, otros los escudos de los argivos muertos, y, ricos con sus despojos, entramos en la ciudad. Algunos, con Antígona, traen aquí los cadáveres para que los lloren sus amigos. Esta batalla ha sido en parte muy afortunada para Tebas, en parte fecunda en desdichas.

EL CORO

Nuestros oídos no serán solo los que conozcan los males del real linaje: nuestros ojos verán los tres cadáveres delante de los atrios, y sus almas yacen en el reino de las tinieblas, y han muerto los tres a un tiempo.

(Mientras pronuncia el coro estos versos, llegan los conductores de los tres cadáveres y hacen alto en la timele. Antígona viene también con ellos y entona este canto):

ANTÍGONA

No vengo velando mis tiernas mejillas cubiertas de rizos, ni ocultando su purpúreo carmín con el rubor que tiñe mi rostro virginal, sino como una infernal bacante sin sujetar con la redecilla mis cabellos[234] y desatada la estola,[235] color de azafrán, para llorar a los muertos y presidir sus funerales. ¡Ay, ay, ay de mí! ¡Oh Polinices, no has desmentido tu nombre! ¡Ay de mí! ¡Ay de Tebas! Tu querella, mal digo tu querella, tantas muertes horribles, acumuladas unas sobre otras, han perdido al linaje de Edipo y lo han envuelto en sangre cruel, en triste sangre. ¿A qué cantor, a qué poeta llamaré para que llore, ¡oh palacio!, ¡oh palacio!, cuando traigo estos tres cuerpos ensangrentados, unidos por los lazos del parentesco, una madre y sus hijos, delicias de Erinis?[236] Sí, Erinis resolvió acabar con el linaje de Edipo desde que adivinó, sagaz, los oscuros enigmas de la Esfinge, pérfida poetisa, y la hizo morir. ¡Ay de mí, oh padre! ¿Qué griego o bárbaro, o qué otro noble mortal de los pasados tiempos sufrió tantos males ni derramó tantas lágrimas como yo? ¿Qué ave posada en el ramaje del abeto o de la encina igualará en sus lamentos a los míos, huérfana de madre? Ayes y sollozos expresarán mi dolor; yo viviré solitaria, derramando siempre perenne llanto. ¿A quién lloraré? ¿A quién ofreceré primero las primicias de mis cabellos? ¿A los pechos de mi madre que me alimentaron con su leche, o a las funestas heridas de mis dos hermanos? ¡Ay, ay! Deja, ¡oh padre anciano!, tu palacio; acude con tus ojos que no ven; que todos, ¡oh Edipo!, contemplen tu triste vejez, la penosa vida que arrastras en tu morada después que tú mismo te cegaste. ¿Me oyes tú, que vagas por el palacio y arrastras tus trémulos pasos por el aposento en que duermes?

EDIPO

¿A qué quieres, ¡oh hija!, traerme a la luz con mis vacilantes pasos y sacarme con tus misérrimas lágrimas del tenebroso tálamo en que siempre vegeto, para ofrecer a las gentes esta blanca[237] y vana imagen del éter, sombra infernal o fugitivo fantasma?

ANTÍGONA

Oye la fatal nueva que voy a anunciarte, ¡oh padre!: no verán ya la luz tus hijos ni tu esposa, que junto a tu báculo cuidaba siempre de dirigir tus pasos trémulos. ¡Oh padre, ay de mí!