¡Ay de mí! ¡Oh hermano!, túrbanse tus ojos y pronto deliras, estando bueno hace muy poco.
ORESTES (levantándose).
Ruégote, ¡oh madre!, que no concites contra mí a esas vírgenes que destilan sangre, agitando sus cabellos de serpiente. ¡Helas, helas aquí, que saltan hacia mí!
ELECTRA (sujetándolo).
Estate quieto en el lecho, ¡oh desventurado!; nada ves de lo que te figuras.
ORESTES
¡Oh Apolo!, me matarán como perros estas diosas atroces de torva mirada, ministros del infierno.
ELECTRA (estrechándolo en sus brazos).
No te soltaré, sino que, sujetándote con mis manos, refrenaré tus furiosos transportes.
ORESTES (desasiéndose de ella).