Suéltame; tú eres una de las Furias, que me oprime entre sus brazos, y me vas a lanzar en el Tártaro.
ELECTRA
¡Oh desventurada de mí! ¿A quién llamaré en mi auxilio, si los dioses nos son adversos? (Se sienta llorando en el lecho, y se cubre la cabeza).
ORESTES
Dame el arco de cuerno, presente de Apolo, con el cual me ordenó que ahuyentase a esas diosas si me aterraba su rabia. (Coge el arco). Ya vienen, sí, ya se abalanzan (tiende el arco) hacia mí. Pues diosas y todo, recibirán mis flechas[257] si no se apartan de mi presencia. (Dispara el arco). ¿No oís? ¿No veis las aladas flechas, que vuelan de sus arcos de largo alcance? ¡Ah, ah! ¿Por qué vaciláis? Subid con vuestras alas a lo alto del Éter, y acusad a los oráculos de Febo. (Deja caer las manos). ¡Ah! ¿Por qué desfallezco y respiro con tanto trabajo? ¿Por qué, por qué he saltado de mi lecho? Después de la tempestad, veo renacer la calma. (Andando hacia su lecho). ¿Por qué lloras, hermana, y ocultas tu cabeza bajo tus vestidos? Avergüénzome de que compartas mis trabajos, y de que mi dolencia moleste a una virgen como tú. No te aflijas por mis males, pues aunque tú aprobaste el asesinato, yo lo cometí; solo acuso a Apolo, que me excitó a perpetrar este crimen muy impío, y me ha consolado con palabras, no con obras. Creo que mi mismo padre, si yo le preguntara si había de matar a mi madre, tocaría muchas veces mi barba, rogándome que no hundiera mi cuchilla en su cerviz, puesto que él no recobraría la vida y yo había de sufrir tantas desdichas.
Descúbrete, pues, ahora, ¡oh hermana!, y no llores, por grandes que sean nuestros infortunios; y ya que me ves desfallecer, aplaca mi furia, y refrena y alivia mis sentidos perturbados y descompuestos, que cuando tú lloras, yo debo consolarte blandamente; tal es el deber de los que se aman. Entra, pues, ¡oh mísera!; descansa y cierra tus soñolientos párpados; aliméntate y lava tu cuerpo. Si tú me abandonas, o enfermas a causa de tus asiduos cuidados, no nos queda ningún recurso. Tú sola me asistes, que los demás, como ves, nos han abandonado.
ELECTRA
No será así; contigo quiero vivir y morir; es lo mismo, porque si tú mueres, ¿qué haré yo, mujer infeliz? ¿Cómo viviré sola, sin hermano, sin padre y sin amigos? Pero, si te parece, haz lo que debes; reclina en el lecho tu cuerpo, y no temas ni te asustes, ni saltes de él tan fácilmente, huyendo de soñados fantasmas; descansa ahora; aunque nada tengas, solo con pensarlo te sucederá lo que a los demás, que sufren y se fatigan. (Orestes vuelve a su lecho, y Electra entra en el palacio).
EL CORO
Estrofa 1.ª — ¡Ay, ay! ¡Negras Euménides, divinidades furiosas de ligeras alas, que jamás asististeis a las fiestas de Dioniso, tocándoos tan solo en suerte las lágrimas y los gemidos, y azotando los aires castigáis a los que derraman sangre, y vengáis los asesinatos! Una y otra vez os suplico que libréis de vuestra rabia loca y frenética a los hijos de Agamenón, de los males y tormentos que sufren desde que Febo, sí, desde que Febo habló en la trípode de los oráculos,[258] en donde se dice que está la entrada del centro de la tierra.