Antístrofa 1.ª — ¡Oh Zeus! ¿Qué desdicha, qué lucha homicida es esta que te persigue, sirviéndote tan solo para que algún dios añada nuevas lágrimas a tus lágrimas, o inunde tu hogar con la sangre de tu madre, que te hace delirar? ¡Yo me lamento, yo me lamento! Una gran dicha no es duradera entre los hombres, que la mano de los dioses, rasgándola cual velamen de ligera navecilla, la sumerge, como en el mar, en horribles males y en ondas agitadas y mortíferas. ¿A qué familia debo venerar más bien que a esta, que desciende de Tántalo, fruto de sus nupcias divinas? Pero he aquí a mi dueño Menelao, que se acerca, demostrando con su lujo que es uno de los Tantálidas. Salve, tú, que concitaste contra el Asia una armada de mil naves; grande ha sido tu dicha, cuando con el favor divino has realizado tu deseo.

MENELAO (que llega de sus naves).

En parte, ¡oh palacio!, recibo placer al verte a mi vuelta de Troya; en parte gimo al mirarte, porque jamás hubo otro en todo el orbe tan visitado de míseros males. Ya conozco la desdicha de Agamenón, y la muerte que le dio su esposa cuando acercó su proa a Malea;[259] desde las olas me lo anunció el profeta Glauco,[260] dios veraz, hijo de Nereo, y vate de los marinos, diciéndome con voz clara: «Yace muerto tu hermano, ¡oh Menelao!, cayendo sin vida en el último baño que le preparó su esposa»; y me hizo derramar muchas lágrimas, y a todos mis marineros. Después que arribé a Nauplia, envié delante a mi esposa, y cuando esperaba a Orestes, hijo de Agamenón, y a su madre para abrazarlos, creyéndoles felices, me contó un pescador el impío asesinato de la hija de Tindáreo. Decid, pues, ahora, ¡oh tiernas jóvenes!, ¿en dónde está el hijo de Agamenón, autor de tales iniquidades? Niño era aún en brazos de Clitemnestra cuando dejé mi patria para bogar hacia Troya, por cuya razón no lo conocería si lo viese.

ORESTES (levantándose de su lecho y dirigiéndose hacia Menelao).

Yo soy ese Orestes a quien buscas, ¡oh Menelao! Yo mismo te contaré mis males, aunque suplicante tocaré primero tus rodillas, y te rogaré sin ceñir de hojas mis sienes:[261] ¡sálvame! Has venido en el instante más crítico de mis desdichas.

MENELAO

¡Oh dioses! ¿Qué veo? ¿Vienes acaso de los infiernos?

ORESTES

Has dicho bien; mis males no me dejan vivir, aunque vea la luz.

MENELAO