¿Qué diré, oh Zeus? ¿Te interesas por los hombres, o ellos lo creen falsamente, pensando que hay dioses, y que la fortuna domina al mismo tiempo a los mortales? ¿No fue Hécuba reina de los frigios, ricos en oro? ¿No fue esposa de Príamo, gloriosamente afortunado? La lanza ha derribado su ciudad, y ella, esclava y anciana, huérfana de sus hijos, yace en tierra, manchando con el polvo su cabeza desventurada. ¡Ah!, ¡ah! Viejo soy, pero más quiero morir que sufrir vergonzosos males. (Acercándose a Hécuba). Levántate, ¡oh mujer infeliz! Que tu cuerpo y tu blanca cabeza abandonen la tierra.
HÉCUBA (levantándose).
¡Ah! ¿Quién turba mi reposo? Quienquiera que seas, ¿por qué no respetas mi aflicción?
TALTIBIO
Yo soy Taltibio, heraldo de los hijos de Dánao, qué vengó a llamarte de orden de Agamenón.
HÉCUBA
¿Has venido acaso, y entonces llenarás mis deseos, para sacrificarme ante el túmulo por mandato de los griegos? ¡Oh, cuán grato me sería! Vayamos cuanto antes, apresurémonos; guíame, ¡oh anciano!
TALTIBIO
Vengo a llamarte, ¡oh mujer!, para que sepultes a tu hija, ya muerta. Encárganmelo los dos Atridas y el pueblo aqueo.
HÉCUBA