¡Oh desventurado!; no puede ser mayor tu desdicha.
ORESTES
Tú eres el único refugio de mis males, y ya que, afortunado, encuentras amigos infelices, comparte con ellos tu dicha, y no seas egoísta poseedor de ella; sufre algo a tu vez, y muéstrate agradecido con los hijos del que te favoreciera. Solo en el nombre son amigos los que no nos socorren en la desgracia.
EL CORO
He aquí que llega con tardos pasos el espartano Tindáreo,[267] vestido de negro y rasurada su cabeza en señal de duelo por su hija.
ORESTES
¡Muerto soy, oh Menelao! Tindáreo se acerca, y me avergüenzo mucho de verlo al recordar mis acciones. Él y Leda[268] me amaron no menos que a los Dioscuros, y me alimentó cuando era niño, y me besaba con frecuencia, y llevaba en sus brazos al hijo de Agamenón; y no he correspondido a estos beneficios: ¡oh corazón y ánima desventurada! ¿En qué tinieblas ocultaré mi rostro? ¿Qué nube pondré delante de mí para que no me vea ese anciano?
TINDÁREO
¿En dónde, en dónde encontraré a Menelao, el esposo de mi hija? Al hacer las libaciones en el sepulcro de Clitemnestra, supe que, al cabo de tantos años, había desembarcado en Nauplia con su esposa. Llevadme adonde esté, porque quiero saludarlo en persona, estrechar su diestra y verlo después de tan larga ausencia.
MENELAO