LA ESCLAVA

Preparadas tiene ya su marido las galas mortuorias que han de adornarla.

EL CORO

Sabed, pues, que muere con gloria, y que es la mejor de las esposas a quienes el sol alumbra.

LA ESCLAVA

¿Y cómo no lo sería? ¿Quién lo disputará? ¿Qué mujer habrá que la supere? ¿Cómo probará ninguna lo que ama a su esposo, sino muriendo por él voluntariamente? Y esto lo sabe toda la ciudad, y te admirarás de lo que ha hecho en el palacio. Cuando conoció que se acercaba el día funesto, lavó su cuerpo blanco con agua corriente, y sacando de sus arcas de cedro ropas y joyas, se vistió con elegancia, y delante del hogar oró así: «¡Oh señora mía!;[333] yo voy a los infiernos, y ya que por última vez te adoro, ruégote que protejas a los que dejo huérfanos, y des al uno esposa amada, a la otra noble esposo, y que ya que yo que soy su madre muero, no perezcan prematuramente mis hijos, sino que dichosos vivan en su patria bienaventurada». Llegose a todas las aras[334] que hay en el palacio de Admeto y las adornó, y oró, tejiendo una corona de ramos de mirto, sin dar gritos, sin gemir siquiera, y sin que su semblante se alterase un punto al aproximarse la hora funesta. Después entró en su tálamo, y allí lloró y dijo: «Adiós, lecho en donde hice homenaje de mi virginidad al hombre por quien muero; no te aborrezco, pero a mí sola me has perdido, que perezco por no hacerte traición, ni tampoco a mi esposo. Otra mujer te poseerá, si no más casta, acaso más afortunada». Volviose y lo besó, y regolo todo con lágrimas abundantes, que caían de sus ojos. Pero después que derramó copioso llanto, se alejó de él con los ojos bajos, y abandonó el aposento nupcial, y muchas veces dejó el tálamo y volvió a él, y muchas otras se recostó en el lecho y se levantó de nuevo. Los hijos lloraban sin soltar los vestidos de su madre, y ella los besaba, ya abrazando al uno, ya al otro, como la que ha de morir en breve. Y todos los criados lloraban también, compadecidos de su dueña, y ella a todos ofrecía su diestra, y a ninguno, por bajo que fuese su ministerio, dejó de hablar, y él a ella. Tales son las desdichas que ocurren en el palacio de Admeto: si él hubiese muerto nada sentiría, y librándose de este trance sufre tal dolor que jamás lo olvidará.

EL CORO

¿Y gime Admeto por estos males, forzado a perder tan incomparable esposa?

LA ESCLAVA

Llora teniendo en sus brazos a su amada compañera, y, queriendo imposibles, le ruega que no lo abandone: ella se consume y desfallece, aniquilada por su enfermedad, y pesa triste en su regazo. Sin embargo, aunque respira lentamente, desea ver la luz del sol. (Nunca más, y por la vez postrera, mirará sus rayos). Pero iré allá y anunciaré tu venida, porque no todos quieren bien a sus soberanos, y benévolos los consuelan en sus males; no así tú, que eres antiguo amigo de mis dueños. (Entra en el palacio).