ALCESTIS

Alguien, alguien me lleva (¿no lo ves?) a la mansión de los muertos. ¿Qué haces? ¡Suéltame! ¡Qué peregrinación emprendo, ay mísera!

ADMETO

Triste para los que te aman, y aún más triste para mí y para tus hijos, que te llorarán conmigo.

ALCESTIS (volviendo en sí).

Soltadme, soltadme; recostadme, que ya no puedo sostenerme. La muerte se acerca, y noche tenebrosa envuelve mis ojos. ¡Oh hijos, hijos, ya no, ya no tenéis madre! ¡Adiós, hijos, y que veáis esta luz! (Se desmaya).

ADMETO

¡Ay de mí! Oigo esta triste palabra, peor para mí que el último suplicio. No, por los dioses; no me abandones, no, por tus hijos, que dejarás huérfanos; levántate, reanímate; si tú mueres moriré también. Tú eres para mí todo, viva yo o no viva: solo a tu amor rindo culto. (Cae a sus pies y apoya la cabeza en su regazo).

ALCESTIS (abriendo los ojos y fijándolos en Admeto).

¡Oh Admeto!, (ves en qué estado me hallo), quiero hablarte antes de morir. Dejo la vida probándote mi respetuoso amor, y consiento en que veas esta luz al precio de ella, y cuando en vez de esto podría casarme con el tesalio que quisiera, y habitar en palacio de reyes, no deseo vivir sin ti con hijos huérfanos de padre, ni me apiadé de mí poseyendo gracias juveniles que me prometían largo deleite. Pero tu padre y tu madre te hicieron traición, aun cuando por su edad bien podían haber muerto con decoro, y salvado a su hijo y alcanzado gloria. Tú eras el único fruto de su himeneo, y faltando no tenían esperanza de engendrar otros. Y ambos hubiésemos vivido y no gemirías huérfano de tu esposa, ni educarías a hijos huérfanos también. Pero algún dios ha dispuesto que así suceda: sea, pues. Concédeme una gracia teniendo presente que yo nunca te pediré demasiado, si la vida vale tanto, y será justo lo que te suplique; tú mismo lo conocerás si eres prudente, como creo, y amas a estos hijos no menos que yo: sean ellos los señores en mi palacio y no les des madrastra, que, como ha de ser peor que yo, por celos maltratará a tus hijos y a los míos. Ruégote, pues, que no te cases segunda vez. La madrastra, que sucede a la esposa, es enemiga de los frutos del anterior matrimonio, y no más piadosa que una víbora. Y el varón tiene en su padre gran defensa (porque le habla y con él se entiende); pero tú, ¡oh hija mía!, ¿cómo te educarán mientras seas virgen para vivir honestamente, cual la esposa de tu padre? Torpe fama puede mancharte con su hálito, y en la flor de tu juventud desbaratar tus bodas. No será tu madre la que te lleve al altar del himeneo, ni te infundirá valor con su presencia en los dolores del parto, ¡oh hija!, porque nadie es tan cariñoso como una madre. Pero debo morir, y no mañana o el día tercero de este mes,[337] sino que dentro de muy poco me contarán entre los muertos. Reíd alegres, que tú, ¡oh esposo!, puedes vanagloriarte de haber poseído la mejor de las mujeres, y vosotros, hijos, la mejor de las madres.[338]