EL CORO
Ya expiró, ya no existe la esposa de Admeto.
EUMELO
¡Ay de mí! ¡Cuánta es mi desdicha! Ya mi madre bajó a los infiernos; ya no respira, ¡oh padre!, debajo del sol, sino que, abandonándome infortunada, me deja huérfano. Mira, mira sus párpados y sus manos inertes. Escucha, oye, madre, yo te lo ruego. Yo te llamo, yo, madre, tu tierno hijo; yo te llamo besando tus labios.
ADMETO
Ya ni oye ni ve: grave calamidad nos ha herido a todos.
EUMELO
Tan joven, ¡oh padre!, me veo abandonado, y me deja solo mi madre. ¡Oh qué tristes penas sufro! Y tú, mi tierna hermana...[339] también te afliges... ¡Oh padre!, en vano, en vano tomaste esposa, y no has llegado a la vejez en su compañía, que ha muerto antes: contigo, ¡oh madre!, perece también tu familia.
EL CORO
Preciso es, ¡oh Admeto!, que soportes con valor esta desventura: tú no eres ni el primero ni el último de los mortales que pierde una buena esposa; recuerda, pues, que necesariamente todos hemos de morir.