No puedo resistirlos; no hay calamidad que no sufra.
AGAMENÓN
¿Qué mujer hubo nunca tan desventurada como esta?
HÉCUBA
No la hay, a no ser la misma desventura;[63] pero óyeme, ya que me prosterno a tus rodillas. Si crees que sufro con justicia, haré lo posible por sobrellevarlo; pero si no lo piensas así, ayúdame a vengarme de este huésped, el más impío de todos los hombres, que, sin temor a dioses celestes ni infernales, perpetró un crimen de los más nefandos, habiendo bebido muchas veces a mi mesa, y siendo el primero de mis amigos por la hospitalidad que le di; y después de recibir cuanto fue necesario, y de conocer nuestros más fervientes deseos, lo mató; y no satisfecho con esto, lo privó de la sepultura, arrojándolo a la mar. Esclavas y débiles somos, pero poderosos los dioses, y la ley más que todos: la ley nos dice que hay dioses, y nos enseña en la vida a distinguir lo justo de lo injusto. Si, pues, imploro tu ayuda para que se observe, y en vez de esto se huella, impunes quedarán los que matan a sus huéspedes, o los que cometen sacrilegios, y no habrá justicia entre los hombres. Si condenas también estos crímenes, respeta mi desdicha, compadécete de mí, y como el pintor que mira desde lejos, mírame también, y considera los males que sufro. ¡Antes reina, y hoy tu esclava; antes feliz, con larga prole, y ahora anciana y sin hijos, sin patria, abandonada, la más infeliz de las mujeres! (Agamenón se aparta conmovido). ¡Ay de mí! ¡Cuán grande es mi desdicha! ¿Por qué retiras tu pie? Ya veo que nada conseguiré. ¡Oh desventurada! ¿A qué fin los mortales cultivan y aprenden tantas artes útiles, si a la elocuencia, reina sola entre los hombres, no la perfeccionamos más que a otra alguna, ni recompensamos a los que la poseen, para persuadir lo que deseamos, y lograrlo al mismo tiempo? ¿Quién, después de esto, podrá tener ventura en lo que emprenda? De tantos hijos no me queda ya ninguno, y cautiva estoy, llena de ignominia, y todavía veo el humo que se escapa de la ciudad.[64] Y acaso de nada me sirva invocar a Afrodita, aunque se diga que mi hija la profetisa, la que llaman Casandra los frigios, descansa en el lecho a tu lado. ¿En dónde, ¡oh rey!, pasarás noches agradables, y disfrutarás de tiernos abrazos en el lecho? ¿No has de probar tu amor a mi hija, y a mí que soy su madre? Oye ahora, por último. ¿Ves a este muerto? Hazle bien, y lo harás a un pariente tuyo. Réstame solo decirte pocas palabras. Ojalá que pudiesen hablar mis brazos y mis manos, mis cabellos y todos mis miembros, por arte de Dédalo[65] o de algún dios, para adherirme a tus rodillas, y llorar a la vez con todo mi cuerpo, y a un mismo tiempo rogarte con todo género de súplicas: accede a ellas, que eres mi señor, el sol resplandeciente de la Grecia; ofrece a esta anciana tu mano vengadora, aunque ella nada sea; ofrécela por tu vida, que es de hombres honrados amar la justicia y castigar sin consideración a los criminales.
EL CORO
Sorprendente es observar cómo se trastorna todo entre los mortales, y cómo la necesidad se sobrepone a leyes y costumbres, haciendo amigos a los que eran enemigos y enemigos a los que se amaban antes.
AGAMENÓN[66]
Compadézcome de ti, ¡oh Hécuba!, de tu hijo, de tus desdichas y de tus ruegos, y en gracia de los dioses, y por amor a la justicia, quiero castigar a ese huésped impío si hay medio de hacer lo que deseas sin que sospeche el ejército que maquino la muerte del rey tracio por amor a Casandra. No estoy tranquilo, sin embargo, porque el ejército lo mira como amigo y como a enemigo a este muerto, pues que si tú lo amas, afecto tuyo es solo, no común a los griegos. Piénsalo, pues, que pronto estoy a socorrerte, pero tardo si han de acusarme los griegos.
HÉCUBA (levantándose).