Antístrofa 1.ª — De nada sirve acudir a las aras de esta diosa, ni tampoco adorar su imagen; no hace caso de las víctimas. Que jamás en mi vida, ¡oh venerable deidad!, sea más infortunada de lo que he sido hasta ahora. Tú ejecutas cuanto Zeus ordena. Tú doblegas por la fuerza el hierro de los cálibes,[372] y no hay poder bastante para torcer tu voluntad.

Estrofa 2.ª — Y te estrechó, ¡oh Admeto!, con sus lazos inevitables. Resígnate, pues por más que llores, nunca devolverás a la luz a los que murieron y yacen en los infiernos. Hasta a los hijos de los dioses se lleva la Muerte a las mansiones subterráneas. La amábamos cuando con nosotros vivía, la amamos después de muerta; noble como ninguna era la compañera de tu lecho.

Antístrofa 2.ª — Que el túmulo de tu esposa no sea un montón de tierra como el de los demás difuntos, para que lo adoren los caminantes y le rindan culto, igual al de los dioses. Y alguno dirá, torciendo sus pasos: «Esta murió en otro tiempo por su esposo; ahora es diosa bienaventurada; salve, ¡oh mujer veneranda!, que nos concedas la felicidad». Tales voces la saludarán. Pero he aquí al hijo de Alcmena, ¡oh Admeto!, que se acerca a tu palacio.

HERACLES (con una mujer cubierta con un velo).

Con libertad, ¡oh Admeto!, debemos hablar a los amigos, y no callar, guardando en el pecho nuestras reconvenciones. Como yo llegué a tiempo para acompañarte en tus desdichas, creí que me las hubieses participado para poner a prueba mi amistad; pero me hospedaste en tu palacio como si solo te afligiera mal ajeno, cuando el cadáver de tu esposa yacía en su féretro. Y coroné mi cabeza, y ofrecí libaciones a los dioses en tu triste palacio. Y sin embargo, me quejo, me quejo de esto, aunque sienta agravar tus desdichas. Te diré la causa que me trae aquí de nuevo. Guárdame esta mujer que te entrego hasta que vuelva con los caballos de la Tracia, después de matar al tirano bistonio. Si la suerte no me es contraria, como deseo, tornaré, y mientras tanto te la doy para que sirva a tu familia. Con mucho trabajo llegó a mi poder: asistí a un certamen de atletas en que se proponía premio digno de esfuerzo, y en él lo he conseguido ganando la victoria. A los vencedores en más fácil combate se daba un caballo; ganados a los que lograban la palma en más grave contienda, como en la lucha y en el pugilato; después seguía esta mujer, y como me encontrase allí casualmente, pareciome vergonzoso despreciar tan gloriosa recompensa. Cuida, pues, de ella, como te he dicho; no la he robado, que la gané peleando, y acaso me lo agradecerás algún día.

ADMETO

No por menosprecio ni por enemistad te oculté la suerte sin ventura de mi esposa, sino porque, además de este dolor, hubiera sentido otro si en distinto albergue buscaras hospitalidad; bastábame deplorar aquella desdicha. En cuanto a esta mujer, te ruego, ¡oh rey!, que si me lo permites, la deposites en poder de otro cualquier tesalio, ya que entre los fereos cuentas muchos amigos, y así no me recordarás mis penas. No podría menos de llorar viéndola en mi palacio; no aumentes mi aflicción, que bastante tengo con la intolerable calamidad que ya conoces. ¿En qué parte del palacio se podrá educar tan tierna joven? Porque lo es, si algo significan su vestido y sus atavíos.[373] ¿Habitará, pues, bajo el mismo techo que los hombres? ¿Y cómo se conservará pura entre jóvenes? No es fácil refrenarlos, ¡oh Heracles!, y solo de lo que te interesa me curo ahora. ¿La llevaré acaso al ala del palacio, en donde se halla el tálamo de la difunta? ¿Y cómo la he de conceder su lecho? Temo dos clases de reconvenciones: una, de los ciudadanos, no sea que alguno me reprenda porque, faltando a una esposa adorable, duermo con otra doncella; y otra, de la muerta (digna de mi respeto) por el poco caso que de ella hago. Mas sabe tú, ¡oh mujer!, seas quien fueres, que tu figura es la misma que la de Alcestis, y tu cuerpo semejante al suyo. ¡Ay de mí! Por los dioses, quita esta mujer de mi presencia; no me asesines, que harta es mi desventura. Me parece que veo a mi esposa cuando la miro: túrbase mi corazón, y ríos de lágrimas brotan de mis ojos. ¡Oh desventurado de mí! Ahora comprendo la amargura de mi suerte.

EL CORO

Yo no puedo alegrarme de tu infortunio, pero sea cual fuere el don que los dioses te ofrezcan, debes aceptarlo.

HERACLES