EL CORO

Yo tuve un pariente, cuyo hijo único, digno de ser llorado, murió en su casa;[367] pero soportaba con moderación su desgracia, aun cuando quedó huérfano de edad ya provecta y blancos sus cabellos.

ADMETO

¡Qué triste aspecto tiene este palacio! ¿Cómo entraré en él? ¿Cómo habitaré en él, trocada mi fortuna? ¡Ay de mí! ¡Grande es mi desventura! Penetré en él en otro tiempo, cuando celebré en él mi himeneo a la luz de las antorchas del Pelión,[368] llevando de la mano a mi amada esposa; muchedumbre de amigos me acompañaba, ensordeciendo el aire con sus cantos y alabando mi ventura y la de ella, hoy muerta, porque nobles ambos y de noble estirpe, nos habíamos desposado; ahora se oyen lamentaciones que odia Himeneo, y envuelto, no en blancos, sino en negros vestidos, me encamino al aposento desierto en donde yace mi nupcial tálamo.

EL CORO

Sobrevínote esta pena cuando te sonreía la fortuna, y no conocías los males; pero no perdiste la vida. Murió la esposa, quedó su amor; ¿qué hay de nuevo en esto? La muerte de una compañera ha roto muchos lazos como el tuyo.

ADMETO

Mejor es el destino de mi esposa, ¡oh amigos!, que el mío, aunque no lo parezca. Ni sufrirá ya más dolores, ni padecerá molestias, de que se ha libertado con gloria; pero yo, que no debía existir, libre ya de la muerte, pasaré triste vida. Ahora, ahora lo conozco; ¿cómo entraré en mí palacio? ¿A quién llamaré y quién me llamará? ¿Cómo hollaré contento sus umbrales? ¿Adónde me dirigiré? Me rechazará la soledad que reina dentro cuando contemple vacío el aposento de mi esposa y las sillas en que se sentaba, y nada más que el suelo y el techo; sus hijos caerán a mis rodillas llorando a su madre, y otros gemirán por la dueña del alcázar, que han perdido. Esto en mi palacio; fuera no me dejarán sosegar los ruegos de los tesalios para que otra vez me case, y largo séquito de mujeres; yo no tengo valor para ver las compañeras de mi esposa. Todos mis enemigos hablarán así de mí: «Vedlo, vedlo deshonrado; no tuvo valor para morir, sino que, vendiendo cobardemente a su cónyuge, conservó la vida; y después de esto, ¿creerá que es hombre?, y aborrece a su padre cuando él no quiso perecer».[369] Así me infamarán para poner el colmo a mi desdicha. ¿Por qué, pues, he de desear la vida, ¡oh amigos!, si he de oír tales injurias, y tan hondamente afligido?

EL CORO

Estrofa 1.ª — También frecuentaba yo el trato de las musas, y me remonté al empíreo, y después de profanos estudios nada encontré tan poderoso como la necesidad, ni hallé remedio alguno contra ella en las tablas tracias, que dictó la voz de Orfeo,[370] ni en los medicamentos innumerables que Febo enseñó a los descendientes[371] de Esculapio, manantial de salud para los míseros mortales.