Por los dioses te ruego que dejes a mi furiosa mano apoderarse de ella.

AGAMENÓN

Detente, y despojándote de esa bárbara furia explícate, para que os oiga a ambos y juzgue con conocimiento de causa de tu desdicha.

POLIMÉSTOR[76]

Hablaré, pues. Polidoro, el menor de los hijos de Príamo y de Hécuba, me fue confiado por su padre para educarlo en mi palacio, presintiendo, sin duda, la ruina de Troya. Yo le maté, pero oye la razón que me movió a hacerlo, y aprecia mi previsión y sabiduría: recelaba que este niño, tu enemigo, se pusiese a la cabeza de los troyanos y reconstruyese la ciudad; y que los griegos, sabiendo que vivía alguno de los hijos de Príamo, acometiesen otra vez a la Frigia y devastasen después los campos de la Tracia y que, por nuestra proximidad a los troyanos, fuésemos víctimas de los mismos males que ahora sufrimos. Al conocer Hécuba la suerte fatal de Polidoro, me llamó pretextando indicarme el lugar en donde se ocultaba cierto tesoro de los hijos de Príamo, y me hizo venir solo con los míos, para que ningún otro lo supiese. Me siento en medio del lecho, dobladas las rodillas, y muchas doncellas troyanas se sentaron también a mi izquierda y a mi derecha, tratándome como a un amigo, y miraban mi manto, obra de mano edónica,[77] y lo celebraban y revolvían a la luz, mientras otras examinaban mi dardo tracio, despojándome así de mi doble defensa. Las que eran madres tomaban en sus brazos a mis hijos, como para admirarlos, separándolos de su padre, y los pasaban de mano en mano. Después de gratos coloquios, ¿cómo lo creerás?, sacan puñales, que llevaban ocultos bajo sus vestidos, y las unas matan a mis hijos, y las otras, como si fuesen mis enemigas, sujetan mis pies y mis manos; y cuando quería socorrerlos y levantar mi cabeza, me retenían por los cabellos; si movía las manos, nada conseguía contra tantas mujeres. Al fin, añadiendo un daño a otro, perpetraron un crimen espantoso: con sus broches[78] hirieron las niñas de mis ojos y las llenaron de sangre; después huyeron de la tienda. Yo salté entonces como una fiera que persigue a sanguinarios perros, tentando la pared como un cazador, y rompiendo y destrozándolo todo. Esto he sufrido, ¡oh Agamenón!, por hacerte bien y matar a tu enemigo. Para no pronunciar más largo discurso, resumiré en pocas palabras cuanto mal se ha dicho antes de las mujeres, cuanto ahora se diga y se dirá después: ni la tierra ni los mares albergan ningún ser que pueda comparárseles, lo cual, en verdad, saben como yo los que las tratan.[79]

EL CORO

No seas audaz ni insolente, ni hables así de todas las mujeres, excitado por tus males; muchas de nosotras somos objeto de envidia, aunque otras seamos malas en efecto.

HÉCUBA

La lengua de los hombres, ¡oh Agamenón!, nunca debía valer más que sus hechos, sino solo hablar bien si bien obraban, y si sus acciones eran vituperables, que sus palabras ahuyentasen a las gentes, y no revestir sus injusticias con elocuentes frases. Sabios los hay, en verdad, hablando con exactitud; pero es difícil serlo siempre, y cada cual recibe su premio o su castigo, y ninguno lo ha evitado hasta ahora. Y así es como debo empezar por lo que a ti atañe; pero ahora toca a él, y será a su vez interrogado, ya que ha dicho que por ahorrar dos trabajos a los griegos, y por afecto a Agamenón, ha dado muerte a mi hijo. Pero advierte en primer lugar, ¡oh infame!, que nunca fueron los bárbaros amigos de los griegos, ni podrán serlo. ¿Qué esperabas conseguir? ¿Intentabas acaso contraer algún matrimonio ventajoso, o vengar a tus parientes? ¿Qué motivo te impulsaba? ¿Temías quizá que, volviendo los griegos con sus naves, destrozasen tus sembrados? ¿A quién lo persuadirías? El oro y tu codicia, si quieres decir la verdad, han sido los asesinos de mi hijo. Pruébame, si no, por qué cuando Troya era feliz, cercada de sus murallas, y Príamo vivía, y Héctor empuñaba su robusta lanza, no lo mataste entonces por conciliarte la gracia de este, y lo alimentabas y lo hospedabas en tu palacio. ¿Por qué no lo entregaste vivo a los griegos? ¿Por qué cuando se nubló nuestra fortuna y los enemigos llenaron de humo la ciudad, mataste a tu huésped, al que se había refugiado en tu hogar? Oye además otras razones que probarán tu delito. Si eras amigo de los griegos, debiste dar el oro que guardabas, y que confiesas no ser tuyo, a los que tanto lo necesitaban peregrinando tan largo tiempo lejos de su patria; ni aun ahora quieres soltarlo, sino que persistes en retenerlo; y sin embargo, si hubieses alimentado, como era justo, y defendido a mi hijo, mucha gloria ganaras, si es cierto que los amigos verdaderos se conocen en la adversidad, y que la buena fortuna los atrae por sí misma. Si hubieses necesitado dinero y la suerte te hubiera sido propicia, mi hijo habría sido rico tesoro para ti, y ahora no puede ser este tu amigo, y has perdido esas riquezas y tus hijos, y te ves reducido a este extremo. Y te digo, ¡oh Agamenón!, que si socorres a este, te creerán también malvado, porque no serás benéfico con un huésped piadoso, ni fiel a los que debías serlo, ni santo, ni justo; antes bien, diremos que, si lo haces, es porque te agrada favorecer a los criminales. Pero no quiero proferir injurias contra mis dueños.

EL CORO