HIPÓLITO (dirigiéndose hacia la estatua de Artemisa).
Salve, ¡oh bellísima, bellísima Artemisa!, virgen que moras en el Olimpo: para ti traigo esta corona tejida de flores no libadas, que la adornan, y cogidas por mí en donde el pastor no se atreve a llevar sus rebaños ni ha entrado jamás el hierro: solo la primavera visita este prado y las abejas no le tocan, y el pudor lo nutre con húmedo rocío. El que nada adquirió con el estudio y en todo es igualmente casto por naturaleza, puede cortar sus flores, no los malvados. ¡Oh dueña querida!; recibe esta corona de mis manos piadosas para engalanar tus cabellos de oro. Solo entre los mortales disfruto de este privilegio; a tu lado estoy siempre, contigo hablo, y escuchas mi voz, aunque no vea tu rostro. Como he empezado, así acabaré mi vida.
UN SERVIDOR (que se separa del coro).
¡Oh rey!, puesto que a nuestros señores debemos llamar como a los dioses,[93] ¿quieres oír un consejo útil?
HIPÓLITO
Con mucho gusto: si no lo hiciera, no parecería sabio.
SERVIDOR
¿Conoces una ley que ha de regir a los mortales?
HIPÓLITO
No; ¿a qué ley aludes?