HIPÓLITO

Id, compañeros, y cuidad en el palacio de preparar nuestro sustento, que es grata una mesa abundante después de la caza, y conviene que los caballos se repongan de sus fatigas, para que al uncirlos al carro, satisfecho mi apetito, lo rija sin trabajo; que tu Ciprina se conserve buena mucho tiempo. (Retírase con su séquito).

SERVIDOR (ante la estatua de Afrodita).

Por lo que hace a mí, que no debo imitar a los jóvenes, y pensando humildemente como siervo, adoro tu imagen, ¡oh Afrodita!, señora mía; perdona al que así delira hablando de ti, porque siento hervir en su pecho el fuego de la adolescencia;[97] disimula si lo oyes, que los dioses han de ser más prudentes que los hombres.

EL CORO (que viene del campo).

Estrofa 1.ª — Fama tiene un peñasco a la orilla de la mar, que destila agua, del cual brota una fuente en donde se llenan las urnas. Cierta compañera mía lavaba allí vestidos de púrpura, y los ponía a secar después en el peñasco abrigado y tibio.[98]

Antístrofa 1.ª — Ella, la primera, me contó el rumor de que mi dueña no salía de su palacio, consumiéndose en doliente lecho, y que sutiles telas velaban su cabeza. Tres días hace ya, según he oído, que su boca no saborea los frutos de Deméter ni se alimenta su cuerpo, y que oculta pena la arrastra a desear la muerte, término de su mísera existencia.

Estrofa 2.ª — Sin duda te ha tocado Pan, ¡oh joven!, o Hécate, o los venerables coribantes, o la madre que recorre los montes, y por eso deliras.[99] Acaso pecaste contra Dictina,[100] que vive gozosa entre las fieras, y no le has ofrecido sacrificios ni libaciones, y por esto te consumes, que también ella atraviesa los mares y va más allá de la tierra, en los salados remolinos del húmedo piélago.

Antístrofa 2.ª — ¿Acaso tu marido, el primero de los hijos de Erecteo, noble varón, se deleita en tu palacio profanando tu lecho con ilícitos amores? ¿Ha navegado algún marinero desde Creta[101] a este puerto, el más hospitalario, trayendo a la reina algún fatal mensaje, y esa es la causa de su tristeza, y de que yazga en su lecho y esté afligido su corazón?

Epodo. — Solo en las mujeres se ven juntas la frivolidad natural a su sexo y cierta propensión a la melancolía, tan perjudicial como molesta, ya por temor a los dolores del parto, ya por su innata demencia. Por mis entrañas discurrió alguna vez este aura, e invoqué a la diosa que nos ayuda en tan apurado trance, a Artemisa, diestra en disparar sus saetas, y siempre propicios los dioses, me favoreció mucho en mis trabajos. Pero he aquí a la vieja nodriza que la saca del palacio: triste nube se mece en torno de sus cejas. Quisiera saber la causa funesta que ha alterado la salud de la reina. (Las esclavas traen a Fedra recostada en un lecho portátil).