LA NODRIZA
¡Oh males humanos y tristes dolencias! ¿Qué haré por ti? ¿Qué no haré? Mira la clara luz que te alumbra, mira el aire. Fuera del palacio está ya el lecho en que descansas de tus dolores. Solo hablabas de venir aquí; pero no tardarás en volver a tu nupcial aposento. Pronto varías de parecer, y nada te divierte; no te agrada lo que posees, y anhelas lo que no tienes. (Dirigiéndose al público mientras Fedra dormita). Más fácil es enfermar que asistir al doliente, porque lo primero es sencillo y natural, y en lo segundo se junta la aflicción del alma al sufrimiento del cuerpo. Llena de tormentos está la vida humana, y no hay descanso en nuestras penalidades; y si tan dulce es vivir, a lo mejor nos envuelven las tinieblas de la muerte. Perdidamente nos enamoramos de esta luz, que brilla alguna vez en la tierra, sin saber lo que pasa en la otra vida, ni conocer nada de lo que sucede debajo de nosotros; temerarias son las ilusiones que nos arrastran.
FEDRA (revolviéndose inquieta).
Levantad mi cuerpo, sostened mi cabeza; no tengo fuerzas para mover mis miembros, ¡oh amigas! Acercaos, servidoras, y apoyaré mis brazos dulcemente. Pésame la diadema en las sienes; quítala, que mis cabellos se esparzan por mis hombros. (Dos esclavas sostienen a Fedra en los brazos; la nodriza recibe en su pecho la cabeza y le quita la diadema).
LA NODRIZA
Ten ánimo, ¡oh hija!, y no te agites, que así se agravará tu padecimiento. Más tolerable será descansando tranquila y sufriendo con noble resignación: ley es de los mortales luchar con los dolores.
FEDRA
¡Ay, ay! ¡Ojalá que yo beba agua cristalina de fresca fuente, y que bajo blancos álamos y en verde prado yazga reclinada!
LA NODRIZA
¿Qué dices, hija? No hables así delante de esta gente, ni profieras palabras insensatas.