FEDRA (delirando y agitándose inquieta en su lecho).

Llevadme a las selvas; que vaya yo a los bosques y a los pinares, en donde corren los perros que matan a las fieras, saltando sobre los manchados ciervos; deseo, por los dioses, animarlos con mis gritos, y lanzar el dardo tesálico rozando con mi blonda cabellera, y vibrar en mi mano la saeta de acerada punta.

LA NODRIZA

¿Por qué, ¡oh hija!, revuelves esto en tu ánimo? ¿A qué cuidarte ahora de la caza? ¿A qué apetecer las ondas de las fuentes? Cerca del palacio hay una colina húmeda, en donde puedes beber a tu gusto.

FEDRA

¡Oh Artemisa!, señora de la marina Limnes[102] y de los ecuestres gimnasios: ¡ay, si estuviera en tu campo domando caballos vénetos![103]

LA NODRIZA

¿Por qué, delirando de nuevo, pronuncias tales palabras? Hace poco que, como si te hallaras en los montes, te arrastraba la afición a la caza; ahora, segunda vez, y lejos de las ondas, deseas regir caballos. Adivino consumado es preciso ser para explicar todo esto: ¿qué dios, ¡oh hija!, te hace tascar el freno y extravía tu juicio?

FEDRA (cayendo abatida en su lecho).

¡Infeliz de mí! ¿Qué he hecho? ¿Cuál ha sido mi absurdo delirio? He perdido la razón, he caído en las redes de alguna deidad funesta. ¡Ay, ay mísera de mí! Nodriza, cubre otra vez mi cabeza; me avergüenzo de lo que he dicho hace poco. Cúbrela; lágrimas brotan de mis ojos, y el pudor enrojece mis párpados. Porque he recobrado el seso, y el dolor me atormenta, y si la locura es un mal, más vale morir sin sentirla.