HIPÓLITO (seguido de sus amigos y compañeros de caza).

Al oír tus clamores, ¡oh padre!, he venido precipitadamente, y aunque no sé cual sea la causa que te hace gemir ahora, deseo oírla de tus labios. Vamos, ¿qué hay? Veo muerta a tu esposa, ¡oh padre!, con gran sorpresa mía, puesto que la dejé no ha mucho mirando esta misma luz. ¿Qué le ha sucedido? ¿Cómo ha muerto? Quiero, ¡oh padre!, oírlo de ti. ¿Callas? Cuando los males nos cercan no es ocasión de callar, porque nuestro corazón, deseoso de saberlo todo, quiere conocer también las desdichas. No es justo, ¡oh padre!, que a tus amigos, y a los que son algo más que esto, ocultes tus males.

TESEO (que miraba fijamente a Hipólito mientras hablaba, y ahora separa de él la vista).

Hombres que tanto y tan vanamente estudiáis, ¿a qué aprendéis innumerables artes, y sobre todo investigáis y pensáis, y la única que no sabéis ni podéis enseñar es la de hacer bueno al que no lo es?

HIPÓLITO

Has llamado sabio consumado a cualquiera que sea capaz de hacer buenos a los que no lo son. Pero como no me parece oportuno descender ahora a sutiles disputas, ¡oh padre!, temo que tu lengua, dejándose dominar del infortunio, no guarde moderación.

TESEO

¡Ay! Convenía que hubiese una señal cierta entre los hombres para conocer a los amigos, y distinguir el verdadero del falso, y debían tener también dos voces, una de ella veraz y otra no, fuese la que fuese, para que, al pensar cosas injustas, le arguyese la voz justa y no nos engañase.

HIPÓLITO

Acaso me ha calumniado alguno de tus amigos, deslizándose en tu oído, y me acusas sin culpa. Maravíllanme, sin duda, tus palabras, aberraciones de un sano juicio, que me ofenden.