¡Oh Argos,[161] antigua ciudad y corriente del Ínaco,[162] desde el cual Agamenón navegó en otro tiempo hacia los campos troyanos llevando la guerra en mil naves! Muerto Príamo,[163] que reinaba en Ilión, y tomada la ínclita ciudad de Dárdano, volvió a Argos y depositó en los elevados templos[164] muchos trofeos de bárbaros. Y aunque allí fue, en verdad, afortunado, pereció en su palacio por engaño de su esposa Clitemnestra,[165] y a manos de Egisto, hijo de Tiestes. Y al morir dejó el antiguo cetro de Tántalo, y Egisto reina en esta tierra, casado con su esposa, la hija de Tindáreo. De los herederos de su nombre que quedaron en su patria al navegar hacia Troya, a saber, Orestes y Electra, el primero, en gran peligro de muerte por el odio que le profesaba Egisto, fue llevado ocultamente por un viejo servidor de su padre al palacio de Estrofio, en la Fócida, para educarse en él, y la mano de Electra, que permaneció en el hogar paterno, fue solicitada por los próceres griegos cuando llegó a la pubertad. Pero Egisto la retenía en su palacio y no la dio a ninguno, temiendo que engendrara hijos argivos, vengadores de Agamenón; hasta quiso asesinarla, muy receloso que, de otra cualquier manera, se enlazase a algún hombre ilustre, y fue salvada por su madre, que si tuvo un motivo aparente[166] para asesinar a su esposo, no se atrevió, temerosa del escándalo, a ensañarse en sus hijos. Tal fue la razón que movió a Egisto a ofrecer un premio al que matase al hijo desterrado de Agamenón y a casarme con Electra. Aunque mis padres fueron ciudadanos de Micenas (que en esta parte a nadie envidio, pues mi linaje es preclaro, aunque carezca de bienes, causa de mi oscuridad), la entregó a un esposo poco distinguido, para no exponerse a tanto peligro. Porque si la poseyese un hombre poderoso por su dignidad, lo excitaría a vengar el asesinato impune de Agamenón, y el castigo alcanzaría a Egisto. Yo puedo decir, poniendo a Afrodita por testigo, que jamás manché su lecho, y que todavía permanece virgen. Sería para mi vergonzoso empañar el lustre de estos hijos de varones opulentos, y deploro, aunque solo sea su pariente en el nombre, que el desdichado Orestes, si vuelve alguna vez a Argos, contemple el miserable consorcio de su hermana. Quien dijere que soy un necio, porque he recibido una virgen en mi hogar y continúa inmaculada, sepa que la continencia no es joya de las almas pervertidas, y que el que así pensare será el verdadero necio.

ELECTRA (llevando un cántaro en la cabeza).

¡Oh negra Noche, madre de los dorados astros (que me ves llevando en mi cabeza este cántaro para llenarlo de agua de la fuente, no obligada por la pobreza, sino para probar a los dioses la injuria que me hizo Egisto,[167] y quejarme a mi padre en el seno del vasto éter)! Porque la malvada hija de Tindáreo, mi madre, me expulsó de su palacio por complacer a su esposo, tratándonos a mí y a Orestes como si no fuéramos sus hijos, mientras daba otros a Egisto.

EL COLONO

¿Por qué, ¡oh infortunada!, te fatigas por mi causa, pasando trabajos, educada antes con regalo, y no descansas a pesar de mis ruegos?

ELECTRA

Te miro como a un amigo, y eres para mí tan venerable como un dios, porque no me insultaste en mis desdichas. Dulcísimo consuelo es para los mortales encontrar alivio en su desgracia, como yo en ti. Conviene, por tanto, que aun sin mandármelo, y a medida de mis fuerzas, te ayude en el trabajo para que sea menos molesto, y sufrir contigo cuando tú sufres; que si fuera de casa tienes ocupación bastante, yo debo cuidar de ella para que, al regresar cansado, nada te falte. (Retíranse en dirección opuesta, y al poco tiempo aparecen Pílades y Orestes).

EL COLONO (alejándose).

Anda, pues, si te agrada, que la fuente no está lejos; yo, así que amanezca, llevaré al campo los bueyes, y sembraré la tierra, que el perezoso, aunque siempre tenga en los labios el nombre de los dioses, no ganará el sustento sin fatiga.

ORESTES