Sé bien que todo lo oye mi padre, pero es hora de obrar. Y te recuerdo que Egisto ha de perecer, porque si vencido, por hado fatal, cayeres, también yo moriré; y no se dirá que vivo, pues herirá mi cabeza cuchilla de dos filos. Voy a mi hogar a realizar mis proyectos, porque si de los tuyos viniese buena nueva, toda la casa saltará de júbilo; si sucumbes, sucederá lo contrario. Esto te digo.
ORESTES
Ya comprendo.
ELECTRA
Preciso es que pruebes tu valor. (Vase Orestes). Vosotras, ¡oh mujeres!, indicadme con claridad las tumultuosas alternativas de este combate. Yo esperaré empuñando cortadora espada; jamás se vengarán de mí mis enemigos, ni vencida injuriarán ni afrentarán mi cuerpo.
EL CORO
Estrofa 1.ª — Famosa es la antigua tradición, según la cual Pan, protector de los campos, que espira dulcísonos versos,[199] trajo en mimbres donosamente tejidos una hermosa cordera de vellón dorado, amamantada por su tierna madre en las montañas de la Argólida, y subiéndose en las gradas de piedra, exclamó: «Al ágora, al ágora,[200] ¡oh habitantes de Micenas!: venid y veréis terribles prodigios de felices tiranos».
Antístrofa 1.ª — Y los coros llenaban el palacio de los Atridas, y se descubrían los dorados templos, y ardía el fuego en las aras de la ciudad de los argivos, y la flauta de Lotos, servidora de las musas, daba suavísimos sonidos, y se entonaban gratos cantos en honor del dorado cordero y de Tiestes. Seducida por él la esposa amada de Atreo en oculto lecho, llevó a su palacio el prodigio, y volviendo al ágora, dijo en alta voz que era suya la cornígera corderilla de maravilloso vellón dorado.
Estrofa 2.ª — Pero entonces, entonces torció Zeus el brillante rumbo que siguen los astros, la luz del sol y el rutilante rostro de la Aurora; la ardiente llama encendida en el cielo descendió por las llanuras del occidente; las nubes, llenas de agua, se encaminaron a la constelación ártica, y el seco domicilio de Amón,[201] careciendo de rocío y privado por Zeus de las bienhechoras lluvias, aparece desde entonces árido y desierto.
Antístrofa 2.ª — Así dicen; pero yo doy poco crédito a esos insólitos giros del ardiente Sol, que, por castigar a los hombres, abandonó su dorado asiento en daño de ellos. Fábulas en verdad formidables a los mortales y útiles para mantener vivo en los hombres el culto de los dioses.