AGAMENÓN
Quiero replicarte como mereces, aunque con dulzura y en pocas palabras, sin fruncir mi ceño con impudencia, sino con moderación, porque eres mi hermano. El hombre de bien suele ser con todos respetuoso. Dime, ¿a qué viene tu desagrado y esos ojos que respiran sangre? ¿Quién te injuria? ¿Qué necesitas? ¿Deseas rescatar tu buena esposa? Yo no puedo dártela; mal la educaste. Y yo, que en nada pequé, ¿expiaré tus faltas? ¿Te atormenta mi ambición? ¿O quieres estrechar en tus brazos a tu bella compañera, sin acordarte del honor ni de la justicia? Son vituperables deleites de hombre depravado. Y si yo, pensando mal primero, varié prudentemente de parecer, ¿estaré loco por eso? Más bien tú que, perdiendo una esposa culpable, gracias a algún dios que te favorecía, quieres recuperarla. Sus necios pretendientes, ansiosos de casarse con ella, prestaron a Tindáreo el consabido juramento. Pero la Esperanza es diosa, según creo, y contribuyó más a ello que tú y tu poder. Emprende, pues, con su ayuda la guerra, que, a mi juicio, no tardarás en arrepentirte de tu insensatez. No hay deidad sin inteligencia que no sepa distinguir el juramento informal y arrancado por la fuerza. Yo no mataré a mis hijos, ni será justo que tú logres tu deseo castigando a una mujer pésima, y me consuman las lágrimas noche y día si cometo iniquidades e injusticias contra los hijos que engendré. Pocas son mis palabras, pero claras, por lo cual, si no quieres moderarte, cuidaré de lo que me interesa.
EL CORO
Distintas son estas frases de las pronunciadas antes; pero aconsejan con razón que miremos por nuestros hijos.
MENELAO
¡Ay, ay de mí! ¡Que sea tanta mi desventura y me abandonen mis amigos!
AGAMENÓN
Sí, si no intentas perder los que tienes.
MENELAO
¿Cómo pruebas que eres también hijo de mi padre?