¡Oh portento! ¿Cómo calificaré tan grave atentado?
EL MENSAJERO
Que tu imaginación no se extravíe; óyeme, y pensándolo bien todo, después que te lo explique, busca el mejor medio de perseguir a los extranjeros.
TOANTE
Habla; oportuna es tu advertencia; los fugitivos no dirigen su rumbo a ningún puerto inmediato, y los alcanzará mi lanza.
EL MENSAJERO
Después que llegamos a la orilla del mar, adonde había arribado ocultamente la nave de Orestes, la hija de Agamenón nos indicó (recordarás que nos enviaste con ella para llevar las cadenas de los extranjeros) que nos alejásemos de allí, pretextando que no tardaría en encender el fuego del misterioso sacrificio y en hacer la purificación, ya muy urgente. Iba detrás, y llevaba en sus manos las cadenas de los dos extranjeros. Esto nos infundía ciertas sospechas; pero tus servidores parecían satisfechos, ¡oh rey! Al fin, para engañarnos mejor, fingiendo hacer algo importante, aulló y cantó versos bárbaros, empleando artes mágicas, como si lavase la mancha del asesinato. Después que estuvimos sentados mucho tiempo, recelamos que los extranjeros podían haberse soltado, y matarla y huir. Temiendo ver, no obstante, lo que no debíamos, permanecimos en silencio en nuestro puesto; pero, por último, todos fuimos de parecer que debíamos ir a buscarlos, aunque no nos fuese permitido. Entonces vimos el casco de una nave griega, bien provista de remos, que movía ya sus velas, y cincuenta marineros que los manejaban en los bancos, y que los jóvenes, libres de sus cadenas, se acercaban a la popa. Unos sujetaban la proa con perchas; otros suspendían el áncora; otros arrimaban las escalas precipitadamente, y llevaban cuerdas en las manos, que tiraron al mar, al alcance de los extranjeros. Sin temor al peligro, así que conocimos el engaño, nos apoderamos de la fugitiva y de las cuerdas, e intentamos arrancar el timón de la nave de bella popa, en donde estaba sentado el piloto. Díjímosle entonces: «¿A qué robáis de aquí la estatua y su sacerdotisa? ¿Cuál es tu padre? ¿Quién eres tú, que así la arrebatas?». Él respondió: «Sabe que soy Orestes, hijo de Agamenón, hermano de Ifigenia, y que me llevo a mi hermana, que he encontrado, arrancada de mi palacio». Reteníamos, sin embargo, a la extranjera, y queríamos obligarla a la fuerza a que nos siguiese y traerla a tu presencia. Ni ellos tenían espadas ni tampoco nosotros; pero había manos, y nos sacudíamos con estrépito, y ambos jóvenes a un tiempo nos golpeaban con sus pies los costados y el vientre, tanto, que nos desalentaban y nos llenaban de fatiga. Cubiertos de señales degradantes huimos a un lugar de difícil acceso, lastimados unos en la cabeza, otros en los ojos, y deteniéndonos en las pendientes peleábamos con más cautela, y les tirábamos piedras. Alejábannos, sin embargo, los flecheros, lanzándonos saetas desde la popa. Entonces una ola poderosa arrastró a la nave a la ribera; y cuando temían los marineros que se fuese a pique, Orestes cargó con su hermana en el hombro izquierdo, y entrando en el mar y trepando por las escalas, la depositó en la nave, provista de buenos bancos de remos, juntamente con la estatua de la hija de Zeus, venida del cielo. Desde el medio de la nave se oyó una voz que dijo: «¡Oh remeros griegos!, empuñad los remos y llenad de espuma las ondas; ya poseemos lo que nos trajo al Ponto Euxino y nos obligo a penetrar en las Simplégades». Ellos, con alegre murmullo, azotaron la mar. Adelantaba la nave, ya en el puerto, y al entrar en la boca era juguete de soberbias olas. Levantándose de repente un viento fuerte la hizo retroceder, mientras los remeros resistían al empuje luchando con las ondas; al fin el reflujo la arrastró segunda vez contra la tierra. Derecha entonces la hija de Agamenón, oró así: «¡Oh hija de Leto!, sálvame, que tierna joven me sacrificaron a ti; llévame a la Grecia desde esta tierra bárbara, y perdona mi rapto. Tú, diosa, que amas a tu hermano, debes recordar que yo amaré también a mis parientes». Los marineros aclamaron a la doncella y entonaron un himno, y con sus brazos, desnudos desde el hombro, movieron a compás los remos. El bajel se acercaba más y más al escollo, y uno saltó a la mar, y otro recogió los torcidos cables, suspendidos del buque. Y entonces vine corriendo a buscarte, ¡oh rey!, para anunciarte todo lo ocurrido. Acude, pues, llevando cadenas y lazos, que si el mar no se sosiega, no hay esperanza de salvación para los extranjeros. El rey del mar, el venerando Poseidón, es amigo de Ilión y enemigo de los Pelópidas. Y ahora, según parece, pondrá en tus manos y en las de la ciudad al hijo de Agamenón, y recobrarás también a su hermana, ingrata con la diosa y olvidadiza del milagro que la libró en Áulide de la muerte.
EL CORO
¡Oh mísera Ifigenia!, morirás con tu hermano, cayendo otra vez en poder de tus dueños.
TOANTE