¡Ea, habitantes de esta tierra bárbara!, ¿no ponéis los frenos a los caballos, y corréis a la ribera, y os apoderáis de la nave griega que el mar ha echado en ella, y con ayuda de Artemisa cautiváis cuanto antes a esos impíos? Que otros arrastren a la mar ligeros bajeles para que, apresándolos por mar, o por tierra con mis tropas de a caballo, los precipitemos de áspera roca o los empalemos. Os castigaré cuando vuelva y descanse, ¡oh mujeres!, porque sabíais todo esto; ahora, atentos a lo que más nos importa, batallaremos hasta lograrlo.

ATENEA

¿Adónde, adónde llevas esta tropa perseguidora, ¡oh rey Toante!? Oye a Atenea que te habla. No ataques a los fugitivos, ni animes a tus soldados a la pelea. Orestes ha venido obedeciendo los fatales oráculos de Apolo, huyendo del furor de las Furias, para llevar a Argos a su hermana, y a mi país la sagrada estatua. Tal es el único medio de aliviar los males presentes. A ti dirijo estas palabras: en cuanto a Orestes, a quien resolviste matar, aprovechándote de la borrasca que ha sobrevenido, has de saber que ya Poseidón, por favorecerme, ha devuelto al mar su calma, y que la nave se desliza por sus ondas tranquilas. Tú, Orestes, entérate de mis órdenes (pues oyes mi voz, aunque no estés aquí), navega con tu hermana y con la estatua que has recibido. Y cuando llegues a Atenas, fundada por los dioses, no olvides que hay cierto lugar sagrado en los últimos confines del Ática, próximo a la costa Caristia,[306] que mi pueblo llama Hales; allí, edificando un templo, deposita la estatua, que se llamará Táurica, en memoria de esta tierra y de los trabajos que has sufrido vagando errante por la Grecia, atormentado por las Erinias. Bajo la advocación de la diosa Táurica adorarán después los hombres a Artemisa. Que sea ley en el pueblo, al solemnizar el aniversario de tu salvación, acercar la cuchilla a la cerviz de alguno, y que derramen alguna sangre; así tributaréis a la diosa religioso homenaje y no carecerá de los honores debidos. Tú, Ifigenia, serás su sacerdotisa en su templo, en las sagradas rocas brauronias, y allí te sepultarán cuando mueras, y te ofrecerán después mantos tejidos con bello estambre las mujeres que perezcan en el parto. Mándote que te lleves también a estas griegas, recompensando su buena voluntad, ¡oh Orestes!; acuérdate que antes te salvé cuando votos iguales te absolvieron y condenaron en el Areópago, como será también salvado todo el que se encontrare en tu caso. Llévate, pues, a tu hermana de este campo, ¡oh hijo de Agamenón!, y tú, Toante, no te enfurezcas.

TOANTE

Reina Atenea, cualquiera que oye las órdenes del cielo y no las obedece, delira. No me encolerizo, pues, contra Orestes ni contra su hermana por haber robado la estatua de la diosa. ¿Quién se atreverá a pelear con tan poderosa deidad? Vayan a tu país con la estatua de Artemisa, y deposítenla en él como desean. Dejaré ir también a estas mujeres a la afortunada Grecia, como me mandas, y daré contraorden al ejército que pensaba capitanear contra los extranjeros, y no se moverán los remos de las naves, si tal es tu buen placer, ¡oh diosa!

ATENEA

Alabo tu docilidad, que el destino es superior a ti y a todos los dioses. Soplad, auras, y llevad en la nave a Atenas al hijo de Agamenón; yo también los acompañaré, guardando la veneranda estatua de mi hermana.

EL CORO

Andad, que os salva hado propicio. Haremos lo que nos ordenas, ¡oh Palas Atenea!, respetable entre los inmortales y los mortales. Grata e inesperada nueva escucharon ha poco mis oídos.[307] ¡Oh victoria muy veneranda!, asísteme mientras viva, y nunca dejes de coronarme.

HELENA