ARGUMENTO

Hera, irritada contra Paris, raptor de Helena, la arrebata de sus manos y deja un su lugar un fantasma que pasa por Helena nada menos que diecisiete años, diez con los troyanos y siete en compañía de su esposo Menelao, después de tomada Troya. Menelao, errante por los mares, arriba al fin con su cónyuge aérea a la isla de Faro, en Egipto, en donde la Helena real había sido confiada por los dioses a Proteo, su rey, para que la guardase. Pero a la muerte de este, su hijo Teoclímeno, enamorado de la pupila de su padre, y no pareciendo a reclamarla Menelao, quiere obligarla a la fuerza a ser su esposa, por cuya razón la perseguida se refugia en el asilo del sepulcro de Proteo. Menelao, con su fantasma, después de su naufragio, la encuentra entonces, desapareciendo la aérea, y se reconocen, y combinan los medios de escaparse de la isla y del poder de Teoclímeno. Y logran cumplidamente su propósito, engañando al enamorado rey con la ayuda de su misma hermana, la profetisa Teónoe, que, sabedora de la venida de Menelao, la oculta a su hermano por respeto a la piedad y justicia de su padre.

En el sentido de llamarse tragedia esta Helena de Eurípides como representación dramática, destinada a las fiestas de Dioniso, nada tendríamos que decir contra esa palabra; pero en la significación moderna, como obra poética que ofrece y desenvuelve un asunto o fábula triste, es evidentemente impropia, porque su acción no tiene nada trágico, y podría denominarse sin reparo una comedia seria o de enredo. Cierto es que el fondo y los personajes están tomados de los tiempos heroicos, y que los dioses son los verdaderos causantes de todas sus peripecias, pero no lo es menos que la intervención divina de estos tiende a la consecución de un fin ajeno o contrario al de ese linaje de ficciones, deprimiéndolos y realzando a los hombres, y siempre sin acordarse del destino, superior a unos y otros. Todas las desdichas inseparables de la guerra de Troya, inmensas por su calidad, número y extensión para griegos y troyanos, son el resultado inmediato de los celos y de la vanidad de tres diosas principales, que sacrifican a sus rencillas y envidias miserables tantos millares de vidas humanas. En esto insiste el autor, y esto es lo que pone de relieve, no disminuir la excesiva población, ni aun llenar de gloria a Aquiles, como indica.

Apartándose de La Ilíada y de la tradición vulgar, y sin otro fin que dar cualquier base a su creación, apela al extraño recurso de suponer que la Helena robada por Paris era solo una sombra o vano fantasma formado por Hera para anular la obra de Afrodita, agradecida esta al triunfo conseguido por ella contra sus dos rivales en el juicio de Paris. Y si Eurípides no se muestra respetuoso en lo más mínimo con las creencias populares, sino que, al contrario, las desprecia y rechaza, no se piense por esto que aspira en cambio a ganar el título de original, porque la innovación no es tampoco suya, sino de un poeta griego de Himera, en Sicilia, llamado Estesícoro, que murió unos quinientos setenta años antes de Jesucristo, o unos ciento cincuenta antes que Eurípides. Este poeta lírico épico, que escribió dos poemas famosos, La Orestiada y La Destrucción de Troya, célebre también como fabulista y autor de himnos en alabanza de los dioses, y de odas en loor de los héroes, fue el inventor primero de esta nueva intriga de Hera. En los caracteres de los dos personajes principales de su tragedia, de Menelao y de Helena, tampoco fue consecuente consigo mismo, porque en Andrómaca, por ejemplo, el hermano de Agamenón, en sus acciones y palabras, es lo más abyecto, bajo, cobarde y miserable que puede imaginarse, y su digna esposa Helena, la mujer liviana, ligera y caprichosa por excelencia. El viejo Peleo dispara contra ambos una filípica tremenda, y el ínclito Atrida deja abandonada a su hija Hermíone en mortal peligro. Pero en esta tragedia Menelao es un verdadero héroe, y modelo de castas y fieles esposas Helena.

Acaso en ninguna otra de sus tragedias incurra como en esta en el defecto, que Aristóteles le achaca en su Poética, de prescindir de la verosimilitud en el trazado y desarrollo de sus poemas dramáticos. La casualidad, o el arbitrio interesado del autor, lo arregla todo a su conveniencia. Helena ha sido confiada a la guarda de Proteo, rey de Egipto, y allí se conserva incólume hasta que Menelao se pierde en los mares navegando, y naufraga en la costa de Faros, en donde está ella. Teónoe, la profetisa hermana de Teoclímeno, prefiere ayudar a Menelao y a Helena a escaparse, callando la verdad de la llegada de Menelao, que conoce, por amor a la justicia y por respeto a la buena reputación de su padre, porque de lo contrario se venía abajo todo el edificio levantado por Eurípides. Todo el enredo que maquinan los esposos fugitivos es tan burdo que, a no ser Teoclímeno el más torpe y confiado de los enamorados, cuando lo más ordinario es lo opuesto, no lo hubieran engañado ni un solo momento. Y cuando se dispone a perseguirlos se presentan los Dioscuros, y se resuelve satisfactoriamente el conflicto sin más consecuencias. Aquí encontramos también el consabido prólogo, que pronuncia Helena, altares de dioses y suplicantes, harapos y hambre en Menelao, un reconocimiento mutuo de los dos cónyuges separados, no muy expresivo ni rápido, repetidas alusiones a la facilidad y propensión de las mujeres a fraguar mentiras y enredos, fanfarronadas de miles gloriosus en el vencedor de Troya, y hasta doblez y malicia inoportuna en la hija de Zeus y de Leda. Sin embargo, no falta en esta tragedia de Eurípides alguno de esos rasgos dramáticos de fina malicia que lo distinguen, como, por ejemplo, la prisa en bañarse y lavarse juntos los dos esposos antes de emprender su huida.

Léese, no obstante, con gusto toda ella, y nos ofrece situaciones eminentemente dramáticas, no trágicas, sino cómicas, como la de Teoclímeno, aun teniendo en cuenta que su exceso de pasión y su misma ansia de poseer cuanto antes a su amada lo cieguen de una manera tan inexplicable. Los versos citados por Aristófanes de esta tragedia en una de las escenas de La fiesta de Ceres, parodiándola, no escasos por cierto, no se hallan en la que nosotros conocemos. ¡Cuánto habrá de esto en lo que se ha conservado de esa riquísima y variada literatura helénica!

De una indicación del mismo Aristófanes en la comedia citada, se conjetura que hubo de escribirse antes del año 413 de nuestra era.

PERSONAJES

Helena, hija de Tindáreo, hermana de los Dioscuros
y esposa de Menelao.
Teucro, de Salamina, hermano de Áyax.
Coro de cautivas griegas.
Menelao, esposo de Helena y hermano de Agamenón.
Una vieja, portera.
Un mensajero.
Teónoe, hermana de Teoclímeno, rey de Egipto,
santa profetisa.
Teoclímeno, hijo de Proteo, rey de Egipto.
Otro mensajero.
Los Dioscuros (Cástor y Pólux), hijos de Zeus
y de Leda y hermanos de Helena.