Según he oído a la fatídica doncella que profetiza en la regia morada, Menelao aún no ha bajado al negro Erebo, ni lo cubre la tierra, sino que todavía lucha con las olas, sin poder arribar a su patria, y vive errante separado de sus amigos, y ha recorrido muchas regiones desde su salida de Troya al compás de los remos.

HELENA

Vedme aquí; segunda vez vengo a este sepulcro, después de oír las gratas profecías de Teónoe, tan sabia en todo. Dice que mi marido ve la luz del sol, y disfruta de ella, y que después de navegar por mil mares, siempre errante, ha de llegar a Egipto, libre al fin de tantos males. Verdad es que no dijo si en caso de venir saldría de él en salvo. Yo no quise preguntárselo claramente, entregada al deleite que me causó tan dulce nueva. Y decía que no estaba lejos, habiendo naufragado con pocos amigos. ¿Cuándo te veré? ¡Cuánto he deseado tu llegada! ¡Hola! (Preséntase Menelao). ¿Quién es este? ¿Quizá algún satélite del hijo de Proteo, impío instrumento de sus insidiosas miras? ¿Me alejaré veloz de este sepulcro, como bacante o ligera yegua? Feroz es en verdad el aspecto de este que viene a robarme.

MENELAO (cortándole el paso).

Tranquilízate, ¡oh tú que corres con tanta presteza hacia este sepulcro a ofrecer ardientes libaciones!, ¿por qué huyes? ¡Cuánta es, al verte, mi admiración y mi sorpresa!

HELENA

Que nos amenazan con violencia, ¡oh mujeres!; este hombre nos ahuyenta del sepulcro, y quiere apoderarse de mí para entregarme al tirano, cuyo himeneo detesto.

MENELAO

No somos salteadores, ni satélites de malvados.

HELENA (apartándose).