Obra de Hera, efecto de la discordia de las tres diosas.

EL MENSAJERO

Pero esta, mujer verdadera, ¿es acaso tu esposa?

MENELAO

Sí; no lo dudes.

EL MENSAJERO

¡Oh hija, qué inconstante es cierta deidad, y cómo se burla de nuestros cálculos! Cambia fácilmente, y se inclina a un lado o a otro; hace a este desgraciado, y el otro, libre en un principio de infortunios, perece después de muerte desastrosa; caprichosa es siempre para distribuir sus dones. Graves penas habéis sufrido: tú a causa de los deshonrosos rumores que acerca de ti corrieron; él arrastrado por sus bélicas inclinaciones. Y cuando más se afanaba no adelantó nada, y ahora la más feliz casualidad le ofrece gratísimo presente. No llenaste de oprobio a tu anciano padre y a los hijos de Zeus, ni hiciste lo que dijeron. Ahora recuerdo tus bodas, y las antorchas que yo llevaba junto a tu carro de cuatro caballos, cuando en compañía de tu esposo dejabas tu palacio paterno. Malo es, sin duda, el que no se interesa por la suerte de sus amos, y ni se alegra cuando son dichosos, ni llora en sus adversidades. Yo, aunque nací esclavo, cuéntome, no obstante, entre los siervos nobles, y aunque no puedo llamarme libre, lo soy por mis pensamientos. Más vale esto que en un solo hombre se junten dos males: un corazón dañado y la esclavitud que lo sujeta a sus semejantes.

MENELAO

Anciano, que soportaste conmigo en la guerra innumerables trabajos, ahora, partícipe de mi felicidad, ve y anuncia a mis compañeros lo sucedido, y cuéntales mi próspera fortuna, y diles que permanezcan en la costa y aguarden el resultado de la lucha que, según creo, me espera; quizá nos llevemos de aquí a Helena si me ayudan, y aprovechando la ocasión, dejaremos incólumes este país bárbaro.

EL MENSAJERO