¡Oh Zeus!, llamado padre y dios sabio, míranos y líbranos de nuestros males, y ayúdanos diligente, ya que hasta ahora arrastro penosa cadena de males. Basta que nos toque tu dedo, y alcanzaremos la dicha que deseamos. Innumerables trabajos hemos sufrido ya. Muchas veces, ¡oh dioses!, os he invocado en vano para que os compadezcáis de mis miserias; no siempre he de ser desdichado; concededme al fin próspera fortuna. Acceded ahora a mis ruegos, y seré después feliz. (Vase con Helena).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Veloz nave fenicia de Sidón, que cortas las ondas mugidoras,[375] amada de los remeros, y precedes danzando a los graciosos coros de los delfines, cuando los vientos no agitan las olas; que Galanea,[376] la azulada hija del Ponto, diga así: «Tended las velas a las marinas brisas, y empuñad los remos de abeto, ¡oh marineros!, y llevad a Helena a los puertos de Perseo».[377]
Antístrofa 1.ª — (A Helena). Cerca de la corriente del río[378] hallarás a las doncellas Leucípides,[379] o ante el templo de Atenea, mezclándote al fin, aunque tarde, en los coros o en las fiestas nocturnas de Jacinto,[380] muerto a manos de Apolo cuando intentó llegar a la meta con el disco, origen de las fiestas anuales que fundó entonces en la Laconia el hijo de Zeus. Y casarás a la tierna doncella[381] que dejaste en su casa ... pues todavía no han lucido en su honor las antorchas.
Estrofa 2.ª — ¡Ojalá que aladas cortáramos los aires, formando escuadrón como las aves líbicas,[382] cuando emigran huyendo del invierno, obedientes a la voz de su capitán, resonando a su paso por los campos áridos y los llenos de frutos! ¡Oh aves de largo cuello, que rivalizáis con las nubes, llegad hasta las Pléyades y el nocturno Orión, y anunciad, deteniéndoos en la orilla del Eurotas, que Menelao, después de tomar a la ciudad de Dárdano, volverá a su patria!
Antístrofa 2.ª — Surcando el aire de vuestro carro, venid al fin, hijas de Tindáreo, que habitáis en el cielo bajo los torbellinos de los brillantes astros, y velad por Helena en el mar azulado, y en sus olas espumosas y cerúleas, enviando desde vuestra morada vientos propicios a los navegantes; no consentid que llene a vuestra hermana de ignominia su bárbaro himeneo, resultado de la contienda del Ida, causa para ella de graves penas, aunque nunca haya pisado las torres febeas[383] del Ilión.
EL MENSAJERO
¡Oh rey!, muy oportunamente te encuentro en tu palacio; pronto oirás males inesperados.
TEOCLÍMENO
¿Qué hay?