[214] Ifigenia, la sacrificada en Áulide por Agamenón.
[215] Este largo discurso de Clitemnestra es ocioso e inoportuno, porque ni la ocasión es a propósito para pronunciarlo, ni lo exige el desarrollo del drama. Eurípides, sin embargo, a lo Voltaire, no pierde esta coyuntura de desahogar el odio que profesa a las mujeres y su animadversión a las tradiciones y héroes más venerandos, y examina con la impasibilidad de un filósofo las causas a que se atribuía el sitio de Troya y los sucesos que, como el sacrificio de Ifigenia, le precedieron.
[216] Casandra, la inspirada hija de Príamo, que, al finalizar el sitio de Troya, tocó en suerte a Agamenón, que la trajo consigo a su palacio. (V. el Agamenón, de Esquilo, y Las Troyanas, de Eurípides).
[217] Lo mismo que en Hécuba esta y Poliméstor defienden su causa ante su juez Agamenón, y en Orestes él y Tindáreo ante Menelao, así en esta tragedia Clitemnestra y Electra, madre e hija, atacan y defienden a su esposo y padre como si se hallasen en un juicio, lo cual prueba, o que el gusto del público había sufrido no poco detrimento, o que el poeta, recordándoles en sus tragedias espectáculos tomados de la vida real de los espectadores, buscaba por este medio atraerse sus simpatías con menoscabo de su fama y sin consideración alguna a la índole augusta y elevada de este linaje de composiciones, que nunca debía confundirse con la comedia.
[218] Dice bien Eurípides, porque la felicidad posible en la tierra no es hija de las riquezas ni de la nobleza, sino de la virtud y de la modestia. Ordinariamente, los que se casan con mujeres más ricas que ellos son esclavos, y los que lo hacen con nobles, si no lo son ellos, tenidos en poco, y una cosa y otra motivo continuo de disgustos. Creemos que fácilmente convendrán con nosotros los lectores en que una de las causas principales que contribuyen a la inmortalidad de ciertos poetas griegos y latinos es que sus sentencias son verdaderas y útiles casi siempre, interesantes a la vida humana y universales para todos los hombres y para todas las épocas y países. Muchas de ellas en su tiempo pudieron tener hasta el mérito de la novedad.
[219] Electra habla aquí irónicamente, porque sabe muy bien que no debe temerlo habiendo muerto a manos de Orestes.
[220] Esto es, los diez días, como Electra había dicho antes.
[221] Estos grandes golpes de efecto, estas escenas perfectamente calculadas para hacer fuerte impresión en el auditorio, son frecuentes en las tragedias de Eurípides. Figúrense los lectores cuáles serían los sentimientos de aquel innumerable público cuando se abrían las puertas de la casa de Electra y dejaban ver los cadáveres de Egisto y Clitemnestra, mientras sus hijos, presa ya de terribles remordimientos, se abandonan a ellos, y en cantos sublimes invocan a los dioses, expresan el horror que su propio delito les infunde y lloran y se quejan.
[222] No se puede llevar más lejos la criminal impudencia de una doncella. No solo anima a su hermano a cometer el matricidio, crimen raro por lo horrible; no solo le ayuda con sus manos a perpetrarlo, sino que se vanagloria y enorgullece de haberlo cometido, cuando Orestes, que es un hombre, parece pesaroso de su acción. Ni aun tiene la disculpa de pronunciar estas palabras para aminorar la culpa de su hermano y para atenuar hasta cierto punto el delito, compartiendo con él su responsabilidad, puesto que, a ser así, lo hubiese indicado el poeta de otra cualquier manera.
[223] Halirrotio fue hijo de Poseidón y de la ninfa Éurite, y murió a manos de Ares por haber violado a Alcipe, hija de este dios y de Aglauro. Poseidón acusó a Ares, y se celebró el juicio en la colina de Ares, y fueron doce los dioses que absolvieron al acusado.