[252] Cadmo, hijo de Agénor, rey de Fenicia, fundó a Tebas, en la Beocia, e importó en Grecia la escritura fenicia. Sembró los dientes de un dragón y nacieron hombres, y uno de ellos fue Leitos.

[253] La Fócida era una región de la antigua Grecia, entre la Beocia al E, la Etolia al O, el mar de Eubea al NE y el golfo de Corinto al S, y rodeada de las tres Lócridas. Delfos y el Parnaso estaban en su territorio.

[254] Áyax el impío, no el de Salamina; Tronio era la capital de su reino.

[255] Néstor, rey de Pilos y de los mesenios, hijo de Neleo y de Cloris, héroe griego, notable por su edad avanzada y por su prudencia. Pilos era una ciudad de la Mesenia, en frente de Esfacteria, que desempeñó un papel importante en la guerra del Peloponeso. El Alfeo era un río de la Élide.

[256] La Élide era una región pequeña del Peloponeso, en su parte occidental, entre la Acaya y la Mesenia, que comprendía varios estados insignificantes autónomos, y a Olimpia, tan célebre por sus juegos. Todos estos personajes y pueblos no merecen aclaraciones prolijas, que serían además superfluas e impertinentes. Otro tanto puede decirse de los tafios, que le siguen, porque todo esto discrepa de las tradiciones y datos autorizados preexistentes acerca de la guerra de Troya y del ejército griego. Solo añadiremos que las islas Equínadas estaban situadas en el golfo de Corinto, frente a la desembocadura del Aqueloo.

[257] Parece probable, o casi seguro, que en esta larga tirada de versos del Coro hay interpolaciones posteriores a la fecha de la composición de esta tragedia por Eurípides, desde el Epodo, que sigue a la primera estrofa y antístrofa, hasta su conclusión. Lo advertimos así a los lectores, y nos fundamos para hacerlo en la extensión innecesaria y evidentemente absurda de este pasaje, en su inoportunidad manifiesta, en su contradicción con cuanto ha escrito el poeta en casos análogos, en la ignorancia de las exigencias escénicas del autor, sea el que fuere, en la impropiedad de que esas mujeres, que, como fugitivas y avergonzadas, vieron la armada griega, se fijaran en lo que no pudieron contemplar con detenimiento ni tampoco interesarles, y, por último, en el fondo, en la forma y en la exposición y los detalles. No ya Eurípides, ningún poeta mediano se hubiera atrevido a estampar su nombre al pie de centón semejante, prosaico y no bueno, sin orden ni concierto, plagado de inexactitudes, y en abierta oposición con La Ilíada, su fuente, que sabían de memoria los griegos, y a la que rendían todos un verdadero culto.

[258] Esta comparación de Clitemnestra y de Ifigenia con las yeguas y su lavado de pies en la fuente, nos chocan, desde luego, y han chocado también antes a otros, porque algunos lo han suprimido. No imitamos su ejemplo porque, como traductores, no estamos autorizados para enmendar la plana al autor, diga lo que dijere, a no ser alguna indecencia o porquería inadmisible por completo. Por otra parte, la relación común entre los dos términos del símil es la de la mayor libertad, y en este sentido es exacta. Además, a un niño inocente se asemeja con frecuencia un corderillo, y hasta a algo más alto y sagrado, un valiente a un león, un hombre sanguinario a un tigre, etc. La consideración y el respeto que sentimos y demostramos a la mujer influye también en nuestro desagrado, pero conviene no olvidar que las costumbres, ideas y sentimientos de los griegos del tiempo de Eurípides eran más sencillos y naturales que los nuestros, y que los de la época de la guerra de Troya, en que pasa la acción, lo eran más todavía.

[259] Estos cestos contenían las primicias que habían de ofrecerse en los sacrificios.

[260] En señal de reconciliación.

[261] Olimpo, famoso tocador de flauta.