[332] Poco se sabe de esta Cos, citada por Helena sin nombrarla. Estéfano, en su obra sobre las ciudades, dice así: Κίος δὲ ἀπὸ Κῶ, ᾕτις Μέροπος γηγενοὺς θυγάτηρ. «Cos (la isla del Egeo, patria de Hipócrates, Epicarmo y Apeles), llamada así de Cos, hija de Mérope». Higino, Astron., 16, dice que este Mérope fue rey de la isla de Cos, cuyo nombre viene del de su hija. Parece que Mérope contrajo himeneo con una ninfa llamada Etemea, castigada a flechazos por Artemisa, furiosa al contemplar el desprecio con que la trataba. Perséfone, sin embargo, la arrastró a los infiernos todavía con vida. Así es de presumir que algunos, como hace aquí Eurípides, atribuyen a una hija de Mérope lo que otros cuentan de su esposa.

[333] Véase el Orestes, en donde se refiere todo esto que dice Menelao.

[334] Ya en otra ocasión hemos recordado las burlas de Aristófanes acerca de los harapos que suelen cubrir a los héroes de Eurípides. Los de Sófocles y Esquilo excitan el terror y la compasión, no por estos accesorios externos, sino por su especial situación trágica. Sin embargo, no puede negarse que ahora, al menos, están justificados.

[335] El amor de Teoclímeno a Helena.

[336] No deja de ser dramática la situación de Menelao que, habiendo dejado a Helena en poder de sus compañeros, oye de los labios de la vieja portera tan extrañas nuevas. Sus dudas y reflexiones son tan naturales que no pueden menos de excitar nuestro interés. Tantas casualidades no son creíbles, y por eso excitan hasta ese punto su extrañeza; pero como su situación no es a propósito para perder el tiempo analizándolas, las deja para mejor ocasión.

[337] Parecía lo natural que Menelao, al encontrar inesperadamente a Helena a quien había dejado oculta en la cueva, creyese que de cualquier modo había salido de ella y estaba allí como él, pues el mismo tiempo necesitaban uno y otro para llegar a aquel paraje. Un marido de nuestros tiempos se hubiera apoderado de ella y la hubiese arrastrado a la cueva para compararlas y desvanecer sus dudas; pero Menelao, seguro de que no la dejarían escapar sus compañeros, dominado de mil supersticiones, desconfiando de todo después de haber sufrido tantas desdichas, y viéndola correr hacia el sepulcro de Proteo como hacia un edificio conocido y hablar con el Coro como con antiguos amigos, vacila, y no sabe qué pensar ni qué hacer.

[338] Hera fue siempre celosa, vengativa y cruel, y no pudo perdonar la injuria que le hizo Paris, dando a Afrodita la palma de la belleza en los bosques de Ida. Con este objeto supone Eurípides que solo dejó al hijo de Príamo una vana sombra, alterando a su capricho la tradición y atribuyendo a una de las deidades principales del Olimpo tan bárbara venganza, puesto que por un fantasma aéreo y para satisfacer su rencorosa pasión, causó la muerte de tantos griegos y troyanos.

[339] El texto griego dice terminantemente: πικρὰς ἐς ἀρχὰς βαίνεις. Esta locución, muy común en la lengua helénica, es natural en un pueblo acostumbrado a oír frecuentemente a sus oradores y familiarizado con los términos de la Retórica. Otras muchas frases revelan también que era una ciudad marítima y mercantil.

[340] Los personajes de Eurípides, siempre que hablan del lecho, dan a entender lo que media realmente, esto es, que estaban a considerable altura, hasta el extremo de que para llegar a ellos se hacía uso de una escalera (gradus) o de un taburete alto (scamnum). Venían a ser una especie de sofás muy grandes, con una elevación en la cabecera y a veces otra en los pies (ἀνακλιντήριον) y un respaldo en uno de los lados, mientras que el otro (sponda) dejaba franca la entrada. Fuertes fajas (fascias, restes, institae), sujetas en el catre, sostenían un colchón bien relleno (torus, culcita) con un travesero y una almohada (cubital, cervical).

[341] Hermes, mensajero de los dioses.