[372] Estos cantos del Coro, bellísimos como poesía independiente de la tragedia, no lo son tanto interpoladas en ella, por la escasa relación que tienen con la misma, a pesar de la contraria aseveración de algunos críticos modernos alemanes. Será todo lo más una digresión poética que hace Eurípides, pero es indudable también que en ninguna otra tragedia suya hay tan lejana alusión en los cantos del Coro al argumento o a los personajes del mismo. En los últimos versos parece que atribuye las desdichas de Helena a su indiferencia hacia el culto de la Mater Deorum, cuidadosa solo de su belleza; pero esto, suponiendo que no haya habido transcendentales interpolaciones, no obstante las correcciones de Hermann, Hartung y otros sabios filósofos, en nada debilita nuestra opinión, puesto que de todas maneras resulta que los cantos del Coro están en contradicción con lo restante de la tragedia. ¿No ha dicho antes el poeta que si el rapto de Helena ha sido origen de la guerra de Troya, solo debe atribuirse a Afrodita, que prometió su posesión a Paris por haberle adjudicado la palma de la belleza? ¿No ha dicho también que Hera, para vengarse de Paris y de Afrodita, formó vano fantasma, engañando con él a griegos y troyanos, y transportando a Egipto a la verdadera Helena? Verdad es que el mismo Eurípides afirma otras veces que la grave contienda de aqueos y frigios era obra de Zeus, a fin de librar a la madre Tierra de tantos hombres como oprimían su seno; pero aun concediendo al poeta libérrima facultad de alterar la tradición a su antojo, y por tanto la de variar de opinión cuando le parece, siempre resulta en definitiva que este canto del Coro, cuyo objeto es achacar los infortunios de la hija de Leda a su indiferencia religiosa, tiene más trazas de adición poética, extraña a la composición, que de parte esencial de la misma.
Observen también los lectores que el poeta confunde a Cibeles, Deméter y Dioniso, los atributos de cada uno y las ceremonias religiosas del culto de estas tres deidades, acaso porque realmente los unía cierto vínculo común, puesto que Cibeles es la Tierra, Deméter la diosa que enseñó a los hombres su cultivo, y Dioniso el que ofreció a los mortales el vino.
[373] Alusión a los misterios de Eleusis.
[374] Helena hace aquí y posteriormente malignas alusiones, que los espectadores debían comprender fácilmente, a expensas de Teoclímeno. Creemos, sin embargo, que no todas están en su lugar, porque la crítica situación de Helena momentos antes de acometer su atrevida empresa, de la cual depende su salvación y la de su esposo, expuesta a fracasar inesperadamente por cualquier suceso imprevisto, no era, sin duda, la más conveniente para hablar de esta manera. Acaso sea nuestro escrúpulo infundado; pero en ocasiones semejantes no es costumbre entre los mortales expresarse así. Parece que habla Eurípides, no Helena.
[375] El texto griego dice: ῥοθίοισι μάτηρ. Ῥόθος significa ruido, rumor como de olas, torrentes, remos, etc. El poeta llama madre a la nave porque, al cortar las olas, hacen estas ruido.
[376] Γαλάνεια en griego, deidad y nombre creado por Eurípides, derivado de γαλήνη, calma marina, tiempo sereno.
[377] Micenas, fundada por Perseo, famoso héroe griego, hijo de Zeus y Dánae. Acrino, padre de esta, temeroso de que la sedujeran, la encerró en una torre, bien guardada, en donde penetró el rey del Olimpo, convertido en finísima lluvia de oro. El fruto de esta unión fue abandonado a la merced de las olas, que lo llevaron a la costa de Serifos, cuyo rey Polidectes lo adoptó por hijo. Mató, ya hombre, a las Gorgonas, de cuya sangre brotó el caballo alado Pegaso, con cuyo auxilio libertó a Andrómaca del monstruo marino que había de devorarla.
[378] El Eurotas.
[379] Llamábanse Leucípides las vírgenes sacerdotisas Febe e Hilaíra, hijas de Leucipo, de las cuales habla Pausanias, Lacónica, y Propercio, 1, 2.
[380] Príncipe lacedemonio, hijo de Amiclas, de extraordinaria belleza, de quien se enamoraron a un tiempo Apolo y Céfiro, siendo preferido el primero. Jugando un día al disco con aquel dios, Céfiro torció el disco, que, hiriendo a Jacinto, lo dejó sin vida, y fue convertido en la flor que lleva su nombre. Era adorado como una divinidad por los lacedemonios y amicleos.