[362] Alusión al falaz faro encendido por Nauplio para vengarse de los griegos, de que ya hemos hablado más arriba.

[363] Justa y terrible acusación que Eurípides lanza contra los dioses del gentilismo, aunque más propias del filósofo que enseña que del poeta, intérprete de la tradición y de las creencias de sus mayores. La verdad es que el Olimpo con sus númenes, víctima de pasiones humanas y personificación antropomórfica de la sencilla religión de un pueblo primitivo y no alumbrado por la luz de la revelación, era ya en tiempo de Eurípides poética ficción, tan desnuda de verosimilitud como opuesta a la razón filosófica.

[364] Sabido es que los antiguos cazadores usaban de una red grande y muy fuerte (longo meantia retia tractu. Nemes Cyneg., 300), con la cual, antes de comenzar la batida, rodeaban vasta extensión de los montes para impedir que la caza se dispersase en la llanura.

[365] Helena, con refinada astucia, llama señor a Teoclímeno, cual si fuera su esposo, dejándole entrever que ya consiente en su nuevo himeneo.

[366] Fácilmente apreciarán los lectores la finísima ironía que respiran estas palabras de Helena, comprensibles en sus dos sentidos solo para los espectadores, no para Teoclímeno, ignorante de todo lo ocurrido.

[367] Recuérdese lo que antes hemos dicho repetidas veces acercado la importancia que daban los griegos a la sepultura.

[368] Esta es la principal razón que da Helena a Teoclímeno para convencerle de la verdad de su aserto, pues no es fácil suponer que su propia hermana se uniese con dos extranjeros, como eran Menelao y Helena, para engañar a su hermano.

[369] La pregunta de Teoclímeno retrata fielmente la pasión amorosa del hijo de Proteo, que si finge en un principio participar del dolor de su amada, y casi parece olvidarse de su amor, aprovecha sin embargo la primera coyuntura favorable para enterarse de lo que más interesa a la satisfacción de sus deseos.

[370] El texto original dice: κενοῖσι θάπτειν ἐν πέπλων ὑφάσμασιν, porque el peplo no envolvía al cadáver, como se acostumbraba en tales casos.

[371] Jenofonte en su Cirop., VIII, 3, 24, dice así: Ἐπεὶ δὲ ἀφίκοντο πρὸς τὰ τεμένη, ἔθυσαν τῷ Διὶ, καὶ ὡλοκαύτωσαν τοὺς ταύρους· ἔπειτα τῷ Ἡλίῳ, καὶ ὡλοκαύτωσαν τοὺς ἵππους. «Habiendo llegado después a los templos, sacrificaron a Zeus, consumiendo las llamas toros enteros; luego sacrificaron al sol, y el fuego devoró entonces por completo a los caballos que se inmolaron». Se ve, pues, que entre los persas, prototipo de los bárbaros para los griegos, se sacrificaban caballos a los dioses.