¿Qué mortal no conoce al argivo Anfitrión,[79] padre de Heracles, que compartió su lecho con Zeus, y a quien engendró en otro tiempo Alceo,[80] hijo de Perseo?[81] Habitó en esta ciudad de Tebas, en donde nacieron los hijos de la Tierra,[82] que se sembraron como el grano, de cuyo linaje salvó muy pocos Ares, heredando sus nietos tan rico reino. De ellos descendía Creonte, hijo de Meneceo, rey de este país, padre de Mégara, esposa de Heracles, cuyo himeneo celebraron los hijos de Cadmo en mi palacio al son de la flauta. Ausente de Tebas mi hijo, de donde yo emigré, y lejos de Mégara y de sus parientes, quiso vivir en Argos, ciudad ciclópea, de la cual me desterraron por haber dado muerte a Electrión; y como deseaba consolarme y restituirme a mi patria, ofreció a Euristeo,[83] si permitía mi vuelta, nada menos que pacificar todo el orbe, ya lo atormentase Hera, ya lo guiase el destino. Y en verdad que ha sufrido duros trabajos; al fin se encaminó al palacio de Hades, atravesando las bocas del Ténaro,[84] para sacar a la luz del sol al perro de tres cuerpos, de cuya expedición no ha vuelto. Antigua tradición hay entre los tebanos de que en otro tiempo se casó con Dirce[85] cierto Lico, señor de esta ciudad de siete torres, antes que reinasen en ella Anfión y Zeto, los de los blancos caballos, hijos de Zeus. Uno de sus descendientes, llamado como su padre, no tebano, sino oriundo de la Eubea, quitó la vida a Creonte y reina aquí, habiéndose apoderado de esta ciudad, afligida por sediciones. Pero a nosotros, según parece, nos perjudica no poco nuestro parentesco con Creonte, porque mientras Heracles yace en el seno de la tierra, Lico, ínclito[86] rey de Tebas, quiere exterminar a sus hijos y matar también a su esposa, para ahogar en sangre su estirpe, sin perdonarme a mí (si es lícito contarme entre los mortales, inútil anciano), temiendo que lleguen a ser hombres y venguen a su abuelo. Y yo (porque mi hijo me dejó en este palacio, encargándome de la educación de los suyos al bajar al oscuro seno de la tierra), para salvarlos de la muerte, me he refugiado con su madre en este ara de Zeus Salvador, erigida por su generoso padre como monumento de la victoria, que ganó con su lanza, sobre los minias.[87] Y aquí estamos, careciendo de todo, del sustento, de agua, de vestido y durmiendo en el duro suelo; nos echaron de nuestro palacio, y aquí nos acogimos desesperados. De nuestros amigos, unos han probado no serlo en realidad, y los leales no pueden socorrernos. Así sucede en la adversidad (¡ojalá que nunca se ensañe ni aun en los que me aman sin pasión!), piedra segura de toque para conocer a los que nos rodean.

MÉGARA

¡Oh anciano, que en otro tiempo, al frente de guerreros de Tebas, arrasaste con tanta gloria la ciudad de los tafios![88] ¡Cuán cierto es que los dioses abandonan a los hombres a su ignorancia! Ni aun me fue contraria la fortuna, dándome ilustre padre, orgulloso en otro tiempo con sus riquezas y dueño de un reino cuya codiciosa posesión suelen disputar numerosas lanzas y ensañarse en sus felices soberanos; contento con sus hijos, me casó con el tuyo, y llegué a ser la noble esposa de Heracles. Y todos estos bienes se desvanecieron; ambos, ¡oh anciano!, moriremos, y con nosotros los heráclidas, tiernos hijuelos que abrigo bajo el calor de mis alas. Cércanme y me preguntan: «¿Adónde fue nuestro padre, madre mía? ¿Qué hace? ¿Cuándo volverá?». Engáñales su infantil inocencia, y lo buscan vanamente. Y yo los distraigo hablándoles de otras cosas, y me estremezco cuando rechinan las puertas, y todos se levantan como para abrazar sus rodillas. Ahora, pues, ¡oh anciano!, ¿cuál es tu esperanza? ¿Cómo podremos salvarnos, siendo tú solo nuestro defensor? Ni abandonaremos los confines de esta tierra (puesto que nos lo impide fuerza más poderosa que la nuestra), ni debemos esperar auxilio de amigos. Dime, pues, lo que piensas, para no perder tiempo, amenazándonos la muerte y siendo tan débiles para resistirla.

ANFITRIÓN

¡Oh hija!, no es fácil en tan críticos momentos evitar ligeramente y sin trabajo tan graves males.

MÉGARA

¿Hay dolor que no sufras, y sin embargo tanto amas la vida?

ANFITRIÓN

Pláceme, en verdad, y aún no desespero del todo.

MÉGARA